MINUTO DE GLORIA

MINUTO DE GLORIA

A los amantes de paso.
Al parado sin opciones.
A los que no son un caso.
Al escritor de instrucciones.

Al músico callejero.
Al que limpia disparates.
Al carrito del cartero.
Al rey en su jaque mate.

Al que reparte el butano.
A fulanito de tal.
Vale, también a mengano.
Al lado bueno del mal.

Al probador de señoras.
A la vecina juiciosa.
A los que pintan la mona.
Al vino con gaseosa.

Al vendedor ambulante.
Al que perdió el imperdible.
Al funcionario currante.
Al contexto prescindible.

Al sujeto del embargo.
Al enterrador sin tierra.
Al encargado sin cargo.
Al cerrojo que no cierra.

Al tacto de las caricias.
A la más fea del baile.
Al que cuenta las noticias
que no interesan a nadie.

Al rabito de las peras.
Al que te arregla el motor.
Al que barre las afueras.
Al que pide por favor.

Al que peina las mascotas.
Al que lo piensa dos veces.
A quienes les llueven gotas
que ahogan hasta a los peces.

A la cajera que cobra.
A los que viven sin prisa.
A los que nunca les sobra
en la cara una sonrisa.

Al santo que se cabrea.
Al que nunca monta el pollo.
Al ojo que parpadea
e invita a tener un rollo.

Al hueco de la escalera.
Al cable del ascensor.
Al eco de la ladera.
Al culo en ropa interior.

Al que vive sin saberlo.
Al pobre que ni se inmuta.
Y a las madres que, sin serlo,
parieron hijos de puta.

25 AÑOS RADIANTES

25 AÑOS RADIANTES

De las voces queda el eco.
De los gestos las miradas.
De la realidad los flecos
envueltos en papel plata.

De la soledad el frío.
Del río nos queda el mar.
Del destino un albedrío
que no se puede aguantar.

Quedan cenizas del humo.
Del humor las carcajadas.
De las palabras un zumo
de frases de temporada.

Del amor queda la duda.
De la pasión el deseo.
De la sorpresa la cruda
invitación a un chequeo.

Del pasado casi todo.
De las noticias la vida.
De las formas queda el modo
de encontrar una salida.

Hoy volvemos con más ganas.
No hay lugar para el olvido.
Hoy que la radio es mañana
que nos quiten lo emitido.

VUELTA Y VUELTA

VUELTA Y VUELTA

Hay que volver a las pequeñas cosas.
Al calor del abrazo desatado.
Al fresco laberinto de las rosas
con suavidad de raspa de pecado.
Hay que volver al beso que no dimos.
Al olor que nos sabe a hierbabuena.
A aquella noche en la que nos perdimos
y el día amaneció de luna llena.
Al lugar donde aprenden las mareas
que el mar no se desangra en cada ola.
Al azul que, en la llama de las velas,
se crece con el paso de las horas.
Hay que volver de donde nunca fuimos.
A contar las esquinas de la cama.
A la pasión de la que no salimos.
Al mudo tintineo de la llama.
Es bueno regresar a las entrañas
del viejo corazón que nos enseña
que, en el fuego en que cuecen las patrañas,
cualquier salto mortal puede ser leña.
Hay que volver al guiño de reojo
de un baile inesperado y clandestino.
Al rosa, anaranjado, casi rojo
del cielo de un deseo concedido.
A la gota de lluvia que se escurre
construyendo caminos de cristal.
Al punto donde al cielo se le ocurre
jugar a confundirnos con el mar.
Hay que volver a recorrer la acera
por la que se devoran las miradas.
Hay que recuperar la calavera,
las tibias, el valor y las andadas.
Hay que volver al rastro del camino.
A la ropa interior de las afueras.
Al lugar donde escriben el destino
a darle una lección al robaperas.
A escondernos detrás de los cristales
del asiento de atrás del infinito.
Hay que volver a hacer habituales
los silencios que saben dar un grito.

EDUCADA MENTE

Estoy casi seguro de que lo primero que hizo el ser humano cuando tuvo uso de razón fue buscar un culpable. Va en nuestra naturaleza. Es algo primitivo y más básico que el instinto.

Al contrario de lo que se dice, el tiempo no cura nada. Prueba de ello es que hasta el mejor reloj se estropea con el tiempo. Lo que sí consigue en parte es: aliviarnos, vaciar nuestras mochilas de objetos y sujetos inservibles, nos permite tener una perspectiva actualizada de la realidad y una visión indiferente y más reposada del pasado. Eso no evita que tiremos de cremallera para cerrar las heridas y, así pasemos la vida abriendo y cerrando penas.

Aquel profesor de historia que se disfrazaba de romano para explicarnos la caída del Imperio, con el tiempo, pasó de ser un loco peligroso a un genio incomprendido. El tiempo es un maestro con carácter retroactivo. Nos enseña que: en el fuego donde se funden las guadañas importa más el aire que la leña. Aunque desgraciadamente el tiempo si está de loco de atar.

Yo no fui un buen estudiante, suspendía hasta el recreo, pero sí creo que un buen alumno. Se podría decir que estudiando era buena persona. En aquella época le eché la culpa: al astigmatismo, a la hipermetropía, a la luz del flexo y al ojo vago. (Por cierto que el corrector de textos de Apple no tiene ni idea de lo que es un flexo).

Hoy sé que, aunque el diagnóstico del oftalmólogo era el correcto, mi problema con los libros apuntaba a que el concepto «vago» iba más allá del ojo. Mi madre siempre me habló de lo bien enunciada y aplicada que estaba en mi caso lo de «la ley del mínimo esfuerzo». Luego aquello pasó. Ea, ea, ea.

En los tiempos que corren (que vuelan) no resulta fácil distinguir la vagancia de algunas patologías que hoy en día se tratan como «déficit de atención». Prueba de ello es que, en aquellas asignaturas en las que, un servidor, tenía un docente decente, se despertaba en mi un inédito interés por ellas y, con él: las ganas de aprender, de atender, de retener los conceptos casi sin esfuerzo…, incluso de retener líquidos en clase.
Eso no quita que exista tal patología y que sea un quebradero de cabeza.

A pesar de todo no me atrevo a afirmar, cómo bromeaba Facundo Cabral en uno de sus monólogos, que «mi educación fuera muy bien hasta que me la interrumpió el colegio». Me gustaba ir al colegio, a veces, hasta entrar.

De mi otra educación tampoco tengo queja, porque en casa se encargaban de darme, sin interrupción, esa materia sensible que nos enseña: a sentir, a luchar, a comportarnos, a recomponernos, a vivir.
Porque, los padres, los de antes y los de ahora, tienen que hacer también su parte. Lo que no incluye que deban ser necesariamente los maestros de sus hijos, de la misma manera que, los profesores, no deben ejercer de padres de los hijos de los demás.
Lástima que, al parecer, en la práctica, como pasa con algunas llamadas telefónicas, «esa opción no está disponible». Si intercambiamos los papeles lo más probable es que los perdamos. Quitarle la autoridad al maestro en lo suyo es un error que suele terminar en bronca y en un desastre.

No puede ser que los profesores tengan que hacer de vigilantes de la playa por la mañana, mientras que, por la tarde, a los padres les toque la tarea de explicar la diferencia entre las «palabras abstractas» y los diálogos de Gran Hermano 16 o, entre las matrices conjugadas y las traspuestas. Traspuestos vamos a terminar todos de seguir por este camino y, no descarto que en un futuro, también acabemos conjugados. Más de una madre o un padre sufren la ansiedad de tener que pasar por el trance de volver a examinarse de las asignaturas que ya aprobaron en su momento, o no.

La lucha contra el abandono escolar es otro de los grandes retos a los que nos enfrentamos en la actualidad. Los chicos no quieren ir al colegio, pero es que tampoco quieren ir a su casa, a ninguna parte en realidad (como mucho Tu cara me suena, Mini o de público a El Hormiguero). Algo estaremos haciendo mal entre todos si no logramos que se centren. O eso, o que las rotondas y las puertas giratorias están haciendo más daño de lo que suponemos.

Por otra parte, de la impresión de que hemos dejado la disciplina en manos de nuestras hijos, para uso y disfrute de los propios alumnos y, hemos caído en nuestra propia trampa, la de expiar nuestros pecados en el ámbito del «mal de muchos».
Hace años, el mal de muchos, puede que fuera un consuelo de tontos, hoy en día, el mal de muchos, es una epidemia.

Hace falta que nos pongamos de acuerdo y dejemos el «y tú más» para los que carecen de argumentos.
Tener educación es más fácil si se tiene cerebro. Y el cerebro hay que regarlo desde que nacemos. Nuestro cerebro debe ser una esponja, no ser el de Bob Esponja.

La formación es fundamental y, si es profesional, miel sobre hojuelas. Mi abuelo me decía: Sé lo que quieras ser. Si quieres dedicarte a limpiar pescado, no te cortes, pero sé el mejor limpiando pescado. Y aunque es verdad que vivimos para trabajar, deberíamos tener la oportunidad de escoger un trabajo que no sea un sin vivir. Una salida que no tenga que ser necesariamente una salida de emergencia.

Tenemos muchas asignaturas pendientes de aprobar, de suprimir y por crear. Hay que enseñar a convivir con las emociones y a saber salir de ellas.
Hay que aprender a usar el diccionario de las buenas personas,
Falta una asignatura que obligue a aprenderse de memoria los afluentes, por la derecha y por la izquierda, del buen camino.
Necesitamos que los profesores les enseñen a nuestro hijos a entender que puede que no tengan razón siempre, aunque la tengan. Y que los padres aprendan que el centro educativo no es el enemigo público (privado o concertado) número uno, ni siquiera el dos.
Se impone una asignatura que explique para que sirve tanta competitividad mal entendida o mal explicada y, especialmente, un master, un doctorado o un curso de verano, en el que nos enseñen a desaprender gilipolleces.

Poco avanzaremos en este y otros asuntos de estado, si la educación, en manos de la política; ese traje entallado que suele quedar grande, no alcanza de una vez por todas un largo, estable y cálido consenso.
Las cuestiones que afectan a nuestra estabilidad, ética, seguridad y convivencia deberían someterse a debate cada muchos años, cada varias generaciones, no en cada legislatura.

Porque el tiempo, que lo que si hace es dar y quitar razones, ha demostrado que la educación no puede ser un juguete en manos de un niño caprichoso. No debe ser una cuestión de ideologías sino de buenas ideas. Va en ello nuestro futuro y, lo peor que le puede pasar al futuro, es que se parezca mucho a ese pasado en el que; lo primero que pensó el ser humano cuando tuvo uso de razón, fue en buscar un culpable que nunca aparece.

DISCURSO DE PRESENTACIÓN de la entrega de los  «PREMIOS MAGISTERIO, Protagonistas de la educación» Madrid 12 de noviembre de 2015. CaixaFórum.

VERSOS DE NIÑOS del mundo. Editorial SM

VERSOS DE NIÑOS del mundo. Editorial SM

YA ESTÁ a la venta mi/nuestro nuevo libro de literatura infantil «VERSOS DE NIÑOS del mundo», editado por SM en la colección VERSOS DE…

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VERSOS DE NIÑOS es el tercer álbum ilustrado que escribo para dicha colección y, el segundo, cuya autoría comparto con mi maestro y amigo Carlos Reviejo (Versos del mar. SM). Reviejo es, en mi modesta opinión, el autor número uno de la literatura infantil y juvenil de nuestro país (y de parte del extranjero). No se queda atrás en lo suyo, el ilustrador de VERSOS DE NIÑOS DEL MUNDO Javier Andrada, hermano mayor de PUPI y tantos otros parentescos literarios.

VERSOS DE NIÑOS hace un recorrido por distintos países, culturas y maneras de vivir de los niños que, a pesar de ser vecinos de planeta están: tan distantes como cercanos, y son: tan distintos como iguales. Siempre he pensado, en este y en otros sentidos que, la igualdad empieza por entender las diferencias.

Es un libro para que los pequeños descubran otras miradas, para que vean que existen muchas realidades, diferentes maneras de ser niño y de vivir la infancia. A los mayores nos servirá de recordatorio de lo mucho que nos queda por aprender y por enseñar. De lo mucho que tenemos, por poco que sea, si hacemos una de esas «comparaciones odiosas». No es un libro triste, al contrario. Es un libro que rebosa ternura lo mires por donde lo leas.

Los primeros 15 poemas del libro los he escrito yo y los 15 últimos Carlos Reviejo.

Los autores y la editorial SM hemos querido que el libro fuera algo más y, a tal efecto, donamos a UNICEF parte de los derechos de autor de las ventas del mismo, recaudación que la editorial destinará a la campaña de los niños víctimas de la guerra de Siria.

Espero que os gusten tanto «los continentes» como el contenido de este trabajo. Un álbum escrito e ilustrado con todo el cariño, la sensibilidad y la solidaridad que sus autores hemos sabido imprimir.

No olvidéis nunca que los reyes son los hijos. En VERSOS DE NIÑOS, no podía ser menos.

(Otros de mis libros infantiles editados por SM son: Versos del Tiempo. Versos del Mar, El Caballito de Mar Surfero y El Niño y la Caracola)

4 Libros SM

LA OTRA MITAD DEL MEDIO AMBIENTE

LA OTRA MITAD DEL MEDIO AMBIENTE

Se masca lo que flota en el ambiente:
Este no saber qué, de qué se yo.
Este «sí es, no es» adolescente
más incoherente que un sanseacabó.

Está el patio revuelto de trigueros
(por no citar productos genitales)
Los que dijeron digo, ponen peros,
los que nunca supieron, son iguales.

La gente ya no sabe a que atenerse.
No sabe a quien creer ni qué rezar.
Duda entre evaporarse o disolverse.
No distingue verruga de lunar.

Son tiempos de conjuras y trasvases,
de sueños caducados y marchitos,
en los que la verdad no tiene un pase
ni asada con tomates verdes fritos.

Época de rotondas invertidas.
De puertas giratorias recicladas.
De turbulencias sin paracaídas.
De estar de parto a la desesperada.

Está el ambiente muy descontrolado
y es malo cual jarabe de la tos.
Más en penumbra que un iluminado.
Más raro que un retrete para dos.

Es tiempo de castañas a destajo.
De hacer de la idiotez un desafío.
De esconder en el forro del refajo
la cara dura de los desvaríos.

A ver si se despejan mar y cielo,
y el suelo que nos tienen prometido,
y se ventila un poco éste canguelo
que huele igual que el miedo derretido.

ESPEJO DE AGUA

ESPEJO DE AGUA

A algunos nos pasa como a los astronautas, que tenemos un amor en cada puerto. Aunque, en honor a la verdad,  lo que yo tengo en cada puerto es un humor distinto.

Acrílico sobre tabla (70×60)

Soy menos de puertos de montaña que de mar. Esos espacios recogidos en los que la mejor defensa es un buen atraque. Esos rincones en los que los barcos descansan sobre el llamado «Espejo de agua». Esos remansos de paz en los que el peor ruido es el tintineo de las poleas contra los mástiles.

Dicen los entendidos que no hay que tener barco sino amigos que carguen con ese gasto y, porqué no decirlo, con ese gusto. Es conveniente, como dice la canción, tener alguien que sepa manejarlo para que a la deriva no te lleve, o si.

Este cuadro lo pinté recordando las noches de sol de un verano cualquiera. Esas en las que se puede ver el horizonte gracias al brillo de cualquier luz sobre el mar. En las que la luna llena chapotea en su superficie. En las que cualquier orilla es un puerto.

Mis lunas son soles que se parecen como la noche al día. Mis casas son bloques de color con grandes ventanales. Mi mundo es así. Una deformación como otra cualquiera.

Hay una combinación de tonos que me cautiva y es la que juega con los azules y los naranjas. Para gustos, los colores.

Bienvenidos a bordo y feliz travesía.

BIENAVENTURECES

BIENAVENTURECES

Bienaventurados los extraterrestres
porque de ellos es el reino de los cielos
y los que renacen, cueste lo que cueste,
de las cenizas de sus ceniceros.

Bienaventurados los que cuentan olas
en lugar de «merinas» descarriadas
y los que navegan en las caracolas
porque abrazan un mar sin marejadas.

Bienaventurados los escarmentados
porque serán rebeldes en la granja
y los que sobreviven agachados
porque, seguro, heredaran las zanjas.

Bienaventurados los que les consuela
el «mal de muchos» de las decepciones.
Bienaventurados los que no se «cuelan»
porque siempre tendrán otras opciones.

Bienaventurados los que se confían
y se piensan que «todo el mundo es bueno».
Los que tiene por norma esa manía
y les terminan por tomar el pelo.

Bienaventurados los provocadores
que te hacen el humor a la primera
y los magos que encuentran la manera
de meterte y sacarte los colores.

Bienaventurados los que no se tragan
los sapos del poder, con o sin pan,
las que se hacen la prueba de la rana
y el príncipe no tiembla como un flan.

Bienaventurados los que se controlan
y no montan un taco por segundo.
Bienaventurados los que no enarbolan
banderas que no sean de este mundo.

Bienaventurados los del culo prieto
porque ya no les caben más mentiras.
Ellos encontrarán, tal vez sus nietos,
soluciones y más alternativas.

Bienaventurados los que no se dejan
manipular por ratas de ración.
Bienaventurados los que no se quejan,
y muy bobos (las cosas como son).

UN METRO Y CINCO MINUTOS (aproximadamente)

UN METRO Y CINCO MINUTOS (aproximadamente)

Cada mañana se ponía en marcha a la misma hora. Su despertador tenía programadas dos alarmas separadas por un intervalo de cinco minutos. Le gustaba poder volverse a quedar dormido. Aprovechar esos incalculables cinco minutos de margen que se regalaba  amanecer, entre las alarmas 1 y 2, con prestidigitación y alegoría, para seguir ausente.

Se reconocía en el espejo, se duchaba, se cepillaba los dientes, se peinaba y se vestía. Tomaba un café con leche, de esos que las madres llaman «un café bebido», a veces ni eso, y salía a la calle a la carrera para coger el Metro.

Dependiendo de un margen de apenas segundos, al entrar en el vagón (en el caso de que lo lograra) había días que encontraba un asiento vacío en el que desmayarse y recomponerse. Otras, conseguía encontrar un hueco en las barras de sujeción, de las que colgar sus dedos. Ese milagroso espacio vacío que le permitía hacer el trayecto de pie y, sin embargo incómodo. En la mayoría de los casos viajaba empotrado entre dos o tres cuerpos extraños, que le aprisionaban y movían de un lado a otro, como un barco encallado entre rocas, como mecido por la marea, como atrapado por un agujero negro. Una marea humana, en tales circunstancias, sube y baja como la del mar pero con la Luna en Marte. En lo de los agujeros negros mejor ni entrar.

Había mañanas en las que, por un quítame allá ese ¿dónde habré puesto yo…?: El billete, la cartera, los nervios, los Donut`s, la dignidad o la cabeza»perdía el tren y, con él: Las ganas, el humor, la paciencia, el trabajo, la compostura y la misma cabeza de antes. Excepcionalmente, también llegaba el día en el que su despertador, ajeno a las fiestas de guardar, mantenía su rutina y le echaba de la cama plantándole, descompuesto y sin gloria, en un andén más desierto que el Congreso en tarde de enmiendas. Ese sin duda era un gran día de Metro.

 Y así era su vida, en realidad así es la vida de todos. Una vida basada en que unas veces llegas con tiempo de sobra, otras te agarras a lo que sobresalga, otras te sientas donde menos lo esperan, otras te sienten cuando más desesperas, otras te empujan, otras te agobian, otras te pierden, otras te encuentras, otras entras o sales ganando o perdiendo, otras no alcanzas a entender nada, ni a nadie y, otras, cualquier absurda putada, cualquier bendito despiste, se convierte en una inesperada fiesta o en un trayecto tranquilo, pero sin prisa. 

La vida te lleva y te trae, te acerca y te aleja, te sube y te baja, te mece y te rompe pero, al igual que el despertador, la vida cada mañana te pone en hora, te levanta, te ducha, te peina, te viste y, por obra y gracia de las alarmas, te permite dormir otros cinco minutos más. Cinco insignificantes minutos, lejos de las rocas, de la gente, de los andenes, de los rubores, de la rutina, del espejo, de las perchas del armario, de las enmiendas, del Metro, de las mareas y de los agujeros negros. 

Esos cinco minutos robados al tiempo son nuestro vagón de metro vacío, en hora punta.

(Donde no haya metro léase: tren de cercanías, autobús urbano, acera abarrotada, inauguración de Primark o espacio con o sin humo)

VISTO LO VISTO

VISTO LO VISTO

Al retrato de esta España
sobre piel de pandereta,
le han pintado una guadaña
envuelta en una patraña
coronada con peineta.
Lo han cosido a navajazos
y pelillos a la mar,
con un pincel de mil trazos
al que le han puesto dos lazos
y un gintónic al azar.
Un retrato con paisaje,
a modo de bodegón,
donde sobra paisanaje,
una perdiz sin plumaje
y un huevo de corrupción.
En el cuadro compulsivo
de esta España con coleta,
junto al divino cautivo,
un San Nicolás esquivo
abarca pero no aprieta.
A la izquierda pueden ver
una multitud confusa.
A la derecha, el poder
y en el centro un a saber
en una montaña rusa.
Al fondo sombras y luces
bajo un sol enladrillado,
un monte con muchas cruces,
gente dándose de bruces
y tontos por todos lados.
De estilo remordimiento,
con un toque surrealista,
la obra es un sufrimiento
pintada sin fundamento
por un neo hiperrealista.
Este retrato sin cielo
huele mucho a hierba mala,
a galán de medio pelo,
a tocinillo de suelo
y a «obso…» eso, programada.