NINGÚN INTERÉS

NINGÚN INTERÉS

No quiero ser bandera,

ni himno, ni frontera,

ni valla, ni trinchera,

ni beso de ración.

No ansío ser tu patria,

ni una nación siquiera,

ni un régimen cualquiera,

tu fe ni religión.

No ser una de arena,

tu llamada perdida,

el punto del final,

la obsesión que te ata,

la carne de tu verbo.

el dulce de esa sal.

No quiero ser, ni atado,

ni camisa de fuerza,

la sombra de tu almohada,

ni una estatua de sal,

la cama de tu celda,

mentira ni verdad.

Si acaso, una quimera,

un hueco de escalera,

un verso que tuviera

de todo lo anterior.

VISIÓN CUMPLIDA

VISIÓN CUMPLIDA

Esta fue la previsión meteoro ilógica que el pasado domingo, como cada domingo, le hice a los oyentes de Noticias Domingo Noche de Onda Cero, informativo que dirige y presenta Laura Gil.

“Amenaza tormenta. Cada tarde, En cada cielo. A cada cual.

Cielos grises marengo con vocación de capa desatada. Nubes que surgen de la nada y lo nublan todo. Rayos que tocan fondo y anuncian truenos. Truenos que estremecen y confunden su ruido con tu eco.

Amenaza tormenta por fuera y por dentro.

Nos queda la esperanza de que el sol asome por debajo de las nubes antes de irse a la cama y convierta en oro todo lo que bañe, el consuelo de que se deje sentir ese frescor que el ánimo agradece. El campo se repintará de verde, olerá a primavera en blanco y negro y a tierra mojada, que es con lo que sueña el deseo cuando encuentra besos sin dar por todas partes.

Amenaza tormenta. Tormentas de verano desmayadas.

Y hasta aquí puedo prever”.

SEÑALES

SEÑALES

Muchas veces enviamos señales que no se corresponden con nuestro estado de desánimo. Ánimo que ni siquiera suele estar a la altura de nuestra capacidad para enviar señales.

Ocultamos nuestro lado más gris oscuro, casi negro, para que nadie note que sufrimos, y mucho menos, los que más necesitan escuchar el sonido de nuestros cascabeles.

La tristeza, la depresión, la desgana… se contagian como se contagia la gripe. De manera más lenta, más prolongada, con menos tos.

Debería ser parte del trato, interesarse de vez en cuando, por saber si las personas con las que convivimos a diario están a gusto, ya sea en el trabajo, en la familia, en la pareja, en nuestro círculo de amigos, en la vida en general y en el sin vivir en particular.

¿Quién anima al animador? ¿Quién consuela al que consuela? ¿Quién sabe lo que nos pasa o si nos pasa? ¿Alguien entiende y atiende las señales?

La frialdad, el desinterés o la inhibición consciente de lo que se supone es una responsabilidad o un gesto humanitario, conducen al remordimiento cuando ya es demasiado tarde y, por lo tanto, inútil.

ESE PUNTO JE.

ESE PUNTO JE.

Hay un olor que te huele por dentro, sin previo aviso,, mientras un color intenso te tatúa las paredes del ánimo. Olores y colores que sólo sientes tú, que nadie se imagina, que no se sabe bien de dónde vienen. Quizá sea solo una cuestión de cómo entra la luz por tu retina, de darte cuenta de que hay que buscar fuera lo que sobra dentro o: de la dirección de la brisa, de las ganas de abrazos, de la intensidad del bostezo al despertarte, de cómo tomas aire cuando cruzas el quicio de la puerta, de estar dispuesto a todo, de sopetón, cuando faltan motivos.

No sé si es contagioso, aunque eso es lo de más, explicable desde luego que no. Tú te sientes bien y el resto lo percibe. En ese instante les gustaría que les salpicara cualquier pequeña gota de ese rastro que dejas en el suelo cada vez que lo pisas.

Le puede pasar a cualquiera, no importa el cuándo, ni el dónde. Es algo muy especial que sientes y se va como vino, que te hace sentir bien el tiempo que se tarda en cruzarte de acera, de levantar la vista, de airear las canciones, de dirigir la orquesta, de ser feliz de pronto, que es de lo que se trata.

No estaría de más conocer su origen y vender “ese punto” en diminutos frascos: como la reliquia de un olor a nuevo, a libro estrenado, a tierra mojada, a guiso de abuela, a azúcar quemado, a frescor salvaje, a lo que sea que huelan las nubes.

Es un punto Je, que quiere compensar tu punto Jo.

UN NO PARAR

UN NO PARAR

Todo gira como un ventilador. La vida da vueltas colgada del techo de un reloj de arena. Lo que hoy está en venta en los escaparates de las tiendas, mañana caduca colgado de la percha de un armario, hasta arriba de ropa sin estrenar.

Todo se mueve sin darnos un respiro. La quietud, la lentitud, son un estado en desuso, el lujo del que espera sin desesperarse, del que puede permitirse la licencia de pararse a pensar.

El movimiento ya no se demuestra andando, se confirma corriendo como si hiciera falta.

Nos creemos más completos por no dejar de hacer transbordos. Sentarse en un banco de la estación a ver pasar los trenes, sólo interesa como argumento para escribir novelas de misterio, que no leeremos por falta de tiempo.

Estamos condenados a la prisa, a que hoy sea mañana, a que mañana vuelva a empezar todo una vez más. El aperitivo sabe a café con hielo y el aperitivo al olor de la siesta bajo un olvido.

Mientras tanto, el ventilador remueve el aire, lo cambia de lugar, porque ni el aire sabe estarse quieto. Demasiadas prisas para no llegar tarde a nuestro agotamiento.

¡VAMOS!

¡VAMOS!

A esta hora en la que al gallo todavía no le han montado un pollo. En la que el sol está en la luna y la luna está en la ducha. En la que las sábanas huelen a pereza y a pecado. En la que hay corazones que no saben que aman y hay amores que atan. A esta hora en la que todo empieza y todo es apenas nada:

Que nadie nos quite la cara de sueño, la mirada de no haber roto nunca la barrera del ronquido, el olor a menta del beso no dado, las ganas de comernos el mundo mojado en café, el deseo de hacer las cosas bien aunque sólo sea por llevar la contraria.

Que nadie nos quite lo que no sea las horas, el dolor de cabeza o la pena. Que nos quiten sólo lo “olvidao”, el sueño, la resaca, el mal de amores y ese trocito de papel higiénico que se queda pegado a la herida del corte, por afeitarte mirando al tendido, o el rímel de las cejas recién descorrido.

Que nos quiten todo, incluida la ropa, pero que nadie nos toque los ovarios, las pelotas y las ganas de empezar de nuevo. De empezar de cero. De empezar sin más.

EL HORÓSCOPO

EL HORÓSCOPO

Un hombre compró una revista y leyó su horóscopo semanal. Le recomendaba que anduviese esos días con pies de plomo, así que, como era muy supersticioso y de talante literal, entró en una zapatería y pidió unas botas con la suela emplomada. Cuando salió a la calle llovía a cántaros, pisó un charco y se ahogó.

Ese mismo día, una mujer leyó también su signo del zodiaco. Le advertía de que iba a estar cargada de energía positiva. Sin pensárselo dos veces se echó a la calle radiante de felicidad, llovía con ganas y por contacto y se electrocutó.

Peor fue lo que le ocurrió al astrólogo de la revista. En el suyo se podía leer: “Yo de usted no saldría a la calle” y así lo hizo. Cinco días lleva encerrado ya en su domicilio en espera de que publiquen su nueva predicción.

De mí ponía que esta semana mostraría cierta tendencia a mostrarme susceptible. Pues no va el nota y me llama susceptible. A mí. A ver si le sale una gotera en el techo y se le inunda la habitación esa de la que no sale, por bobo. Susceptible yo.