¡VAMOS A MORIR (CASI) TODOS!

Destacado¡VAMOS A MORIR (CASI) TODOS!

(Un relato fantástico fruto de la insolación y del uso irracional de la rascadura de cáscara de cítricos en los gintónics). Por Javier Ruiz Taboada.

Año 137 (Después del cristo). 

La Tierra había sufrido un cataclismo de dimensiones épicas, provocado por intensos terremotos e innumerables erupciones volcánicas y cutáneas. 

Los mares y océanos se habían evaporado o ido por el sumidero. Su superficie habitable, reducida a la mínima expresión, era un amasijo de escombros, humeante lava, bosques de troncos malheridos y cargadores de móviles abandonados.

Debido al movimiento de los continentes, el mapa del mundo había cambiado por completo. Por poner algún ejemplo: los Estados Unidos  de América ahora lo formaban: Sudáfrica, Méjico, Tailandia y el BENELUX y ocupaban el territorio de San Marino. 

Su presidente Donald Putin Kim Jong-un lll de todos los Santos (una fiesta en honor a la disuelta ONU que se les fue de las manos) no daba crédito (ni lo tenía).

Rusia, muy estirada, cabía en el extremo sur de la Patagonia. Gran Bretaña había desaparecido y Gibraltar ya era Español. En la Roca encontró refugió lo que quedaba de la España superficial. La España profunda seguía viviendo entre Estremera, Soto del real y Alhaurín de la Torre. Catalunya is not Spain.

Me presentaré. Mi nombre es Harrison 4 y soy uno de los pocos supervivientes de el Gran Cristo.

Los habitantes del planeta se habían repartido por territorios en tribus, castas, gremios, lobby´s absurdos, blogeros, Youtubers y perfiles de Twitter sin seguidores.

Lo que quedaba de la humanidad, subsistía a duras penas en grupúsculos separados, mas revueltos que resueltos, que no sabían hacer otra cosa que liarla parda (o Pardo).

Dada la vida de mierda que llevábamos los pocos terrícolas que íbamos quedando, a mí, me había dado por viajar y andar de allá para acá, yendo de la ceca a lo que quedaba de La Meca. Quería vivir el poco tiempo que me quedaba, aunque solo fuera para contarlo.

Yo era un buscavidas malhablado, sin escrúpulos ni posibles, que se había creado una especie de Callejeros viajeros interior y compartía información y “chuches” con los pueblos que visitaba. Una joya. Pertenecí durante unos años al grupo de los Artistas, colectivo en el que vivían bien cuatro y el resto dábamos palmas.

Los primeros con los que me encontré, cuando salí de mi Toledo natal, fueron los Influencers. Un grupo concentrado y disperso, a la vez, que había conseguido vivir en armonía sin dirigirse la palabra. Entre ellos no se influenciaban mucho que digamos.

Cosechaban el EGO, una sustancia psicotrópica homeopática, que luego vendían a los TripAdvisors, subcasta formada por gente descontenta con todo, incluso con ellos mismos (un 2.3 sobre 5).

Los Tripis, que así les llamaban los Influencers, vivían flipándolo fuerte y quejosos del servicio y el tamaño de las cosas, la mayoría del tiempo. Se creían estrellas Michelín y no dejaban de ser seres fugaces.

Recuerdo vagamente que, después de probar el EGO, me entraron unas ganas locas de abrir un canal de Youtube (fuera lo que fuera eso) para montar pollos y hablar de mis cosas. 

Cuando, a renglón seguido, intenté erigirme como líder del grupo por guapo, alto, Rubius, y tenerla como el cerrojo de una cuadra, me echaron a patadas de sus dominios.

Todavía  bajo los efectos de la droga de los Influencers, no muy lejos de allí, me topé con los descendientes de Los Futboleros. Estos habían logrado conquistar y ocupar una superficie equivalente a 5.000 campos de fútbol. Lo que, en la era de los incendios, a mediados del siglo XX, eran unas 5.000 hectáreas de terreno hecho una pena.

Me recibieron al grito de ¡Eeeeeeeeeeeeh…CABRÓN! y enseguida me sentí como en casa. Me los gané mintiéndoles (otro efecto secundario EGO) con que, en una temporada natural, había marcado 34 goles, dado 15 asistencias y, por supuesto, asegurándoles que el fútbol era así.

Su aportación al nuevo mundo consistía en hacer olas, a falta de mar. Eran guerreros natos e innatos, que no ignotos. Se pasaban las horas (con un descanso de 15 minutos) gritando, insultando a todo el que les tocaba el pito y haciendo aspavientos acompañados del sonido de los primates, especie que también se había extinguido, en este caso por competencia desleal. 

Cambié unas pastillas de Ego por un bote de Réflex y decidí continuar  mi viaje a ningún aparte.

Me despidieron cantando a coro el “Cómo no te voy a querer”. En el fondo eran entrañables.

Hice noche en cuclillas junto lo que alguna vez fue un contenedor de reciclaje de papel y cartón y dormí del tirón (más bien me desmayé por el dolor).

No recuerdo cómo sucedió, pero, cuando desperté a la mañana siguiente, amanecí atado de pies y manos, colgado boca a bajo sobre el brocal de un pozo. Al fondo del mismo, lo que  debió ser agua, ahora era lava que burbujeaba y que provocaba llamaradas de fuego. Entonces vi, del revés, al que supuse era el jefe. Llevaba tatuado en su cara el rostro de Gandhi. No me dio muy buena espina.

Los Tatuados estaban capitaneados por un centrocampista venido a extremo, con ínfulas de portero/delantero, un desertor de los Futboleros. Vivían en los terrenos devastados por las llamas, camuflados entre la tierra yerma y las cenizas. Estaban organizados para propiciar placer visual y soportar y provocar el dolor, a lo tonto.

Cuando conseguí explicarles, con dibujos y emoticono, que era inofensivo y que solo estaba de paso buscando el “por qué”, me sentaron a su mesa y pude conocer algo más de esta gente tan pinturera. 

Convinimos en que todo era un asco y que la vida eran dos días (ya menos), y me despedí para proseguir mi camino, no sin antes haberme hecho en el brazo, un tatuaje con motivos tribales y ponerme dos piercings en forma de aro, atravesándome la nariz y una ceja, ambas a la vez.

Ese tramo del viaje se me hizo algo incomodo, porque cada vez que estornudaba no conseguía cerrar un ojo, Era cada vez más intenso el deseo de encontrar un resquicio de vida incolora, inodora y sabrosa. Fue entonces cuando me di de bruces con ellos.

La casta dominante, aunque minoritaria (eso es algo que no lo había conseguido cambiar ni el Gran Cristo) seguía siendo la de Los Hijos del Máster. Políticos, asesores, concejales y cargos designados a dedo, que seguían teniendo parcelas de poder y parcelas en general, al ser éstas últimas, inexpugnables. Claro que, tampoco ellos podían salir de su territorio. Sin aparato de partido y sin aparatos en general, habían decidido aislarse de todos y de todo.

La entrada a su fortaleza, en cuyos alrededores habían levantado un campamento Los Pensionistas (gente de mal vivir), era una sucesión de puertas giratorias, cerradas a cal y canto, bien defendidas por un ejercito de guardaespaldas, apostados sobre torres de hormigón, de lo que en su momento debió ser la sede de un gran banco o una constructora. Cuando me vieron llegar, me impidieron el paso. Les convencí de que me dejaran entrar en su reducto haciéndome pasar por Antonio Ferreras, un periodista en misión suicida. Fue así como pude conocer algo más de su vida de reclusión y de cómo habían logrado ellos solos evolucionar a peor.

Aislados y ninguneados, dedicaban su vida a conspirar y hacerse fotos dándose la mano y propinándose puñaladas por la espalda. Su índice de mortalidad era elevado. Su dedo índice había desaparecido, se había atrofiado por la falta de gente a la que metérselo en el ojo del c… dejémoslo en el ojo.

Todo lo votaban, lo debatían en comisiones interminables que no llegaban a conclusión alguna. Comían, bebían, besaban niños. Era insoportable.

Pude averiguar que, en su poder, se encontraba la única nave espacial que quedaba vivita y funcionando, la “QUEOSDEN l”, con la que tenían la intención de poner pies en polvorosa, en cuanto las cosas se pusieran feas del todo. 

Sabiendo que nunca podría embarcar en ella, les hice unos cuantos días la pelota, sobretodo a una tal Angela Mer… no sé qué, contándoles lo que querían oír y mintiéndoles en sus encuestas. 

Huí de allí, no sin antes haberme bañado, hidratado, comido, ido de putas y forrado a costa de algún contribuyente secuestrado que les hacía las veces de funcionario. 

Satisfecho por ello, pero con la cabeza como un bombo, seguí mi camino con mi EGO, mi Réflex, mis piercings, una corbata nueva y una carta de recomendación a cambio de algo de una comisión que tenía que ingresarles en las islas Caimán, que a saber dónde quedaban ahora.

Tras días de camino entre ruinas y campos de escoria, sin nada que llevarme a la boca ni casi a los ojos, una voz de ¡Alto! ¡o Alta! (repitió otra voz distinta, como un eco), hizo que me detuviera bruscamente. 

Al instante me vi rodeado por decenas de mujeres que me miraban de arriba a arriba con ademán desafiante y desconfiado. 

Portaban en la mano lo que parecían manojos de miembros viriles en erección, de algún material que pretendía simular la piel humana. Muy desconsoladas no parecían.

Eran las Hembras Alfa, uno de los núcleos de población más importante que se había creado. Un colectivo que había logrado idiotizar a una amplia mayoría de los llamados Seres Beta (o VHS según el día, la noche o la película que se montaran).

Las hembras Alfa habían logrado equiparar e incluso superar sus derechos con los reveses de los hombres y, ahora, sin esperanza, ni convivencia sana, ni trabajo digno, sin casi género ni patriarcado que lo parió, esos derechos se les habían torcido. 

La igualdad de sexos, que por fin había llegado a ser una realidad, desgraciadamente no se podía aplicar del todo. “Tócate el moño Maricarmen”.

Los Beta eran hombres sin principios y con pocos finales. Trabajaban para ellas encantados de la vida y se ocupaban de las cosas propias de su seso: las tareas del lugar, reeducar a los pijos, dejarse piropear y rascarse los huevos, fundamentalmente. 

Dentro de los hombres, cohabitando en celdas separadas, estaban los llamados Machistas. La mayoría de estos salvajes,  a lo que no habían logrado sobrevivir, mucho tiempo antes de la época que describo, fue al uso del femenino singular y plural aplicado a casi todo (o toda). Fueron muriendo poco a poco por estallidos oculares, ataques de rabia, otitis hemorrágicas, insuficiencia renal y estulticia aguda, en la mayoría de los casos.

Haré un breve inciso para contar que fue en este lugar donde conocí a mi último amor, a falta de un primero. Se llamaba Clara y era negra cual plátano olvidado en la nevera. Lo nuestro fue amor a primera vista, una noche que nos chocamos sin querer, mientras andábamos distraídos, mirando al cielo en busca de alguna estrella que nos devolviera la oportunidad de volver a contemplar una vez más, esa parte del universo que nuestros antepasados llamaban Vía Láctea (que ya es mala leche).

Un poco ñoños si íbamos cuando se produjo nuestro inesperado encuentro. Bajo aquella capa de polvo, se adivinaba que, su pelo, debió ser alguna vez moreno, su rostro, definido y su cuerpo comestible. Era hermosa como un, como un… no sé. Ya no había nada hermoso para hacer comparaciones.

Ni que decir tiene que todas estas lisonjas y piropos trasnochados hacia su persona, los pensaba para mis adentros mientras nos mirábamos y recomponíamos las frentes tras el golpe. No se me hubiera ocurrido, por nada del mundo, y mira que quedaban ya pocas cosas en el mundo, decírselo en voz alta. Podría haber terminado arrojado al foso de los Amputados, hombres castrados sin anestesia por la Mujeres Alfa más radicales,  por bobadas menos graves.

Clara y yo hacíamos el amor sin descanso, sin vergüenza y sin condón. Nos preguntábamos si merecería la pena traer a un bebé a un mundo sin niños y sin tiempo de gestación suficiente. Nos lo preguntábamos, pero no respondíamos.

Vivimos nuestro amor de manera alocada: ora nos besábamos, ora nos abrazábamos, ora nos pegábamos unos polvos que pa qué, ora nos quedábamos quietos, inmóviles, el uno clavado en el otro, concretamente yo clavado en ella (lo digo por si tal), dejándonos llevar tan solo por el temblor de nuestros músculos cansados y hambrientos. Ora pro nobis.

Días más tarde me dejó por un chef que tenía despensa y alginato. Jamás la olvidaré. O tal vez lo haga más tarde. 

Lo bueno de saber que el fin del mundo estaba próximo, era que los amores eternos solían durar más de lo habitual, tres o cuatro días a lo sumo.

Después de comprobar en mis propias carnes y en las ajenas, que las cosas podían cambiar para mal, continué mi camino descontento y descontenta a la vez.

En lo más bajo de la nueva escala social, estaban los Autónomos. Personas que carecían de oportunidades, de ayudas, de locales y de bajas por enfermedad. De entre estos, subsistían de milagro, pero cargados de ilusión: Los Emprendedores.

Me topé con ellos, por pura casualidad y porque me asaltaron para ofrecerme una alarma anti-robo, por si algún día tenía un apartamento en la playa. Al parecer hubo una época en la Tierra en la que se robaba todos los días varias veces a las mismas personas y no dejaban de anunciarlo en los medios. 

Los Autónomos y los Emprendedores, aunando fuerzas e inasequibles al desaliento, estaban intentando sacar adelante el proyecto de reconstrucción de un hotel: sin habitaciones, sin camas, sin vistas, sin buffet libre, pero, “todo incluido”, que estaban convencidos de que iba a resultar muy rentable (risas). Estos chiquillos…

Decidí quedarme a echar una mano durante un tiempo. De ellos aprendí a no dar mi brazo a torcer, ese era el castigo que recibían los que flaqueaban o morían en el intento, pero también, a empeñar hasta las pelusas del ombligo,si hiciera falta (y si no, también) para conseguir reinventarte. Aprendí que no hay que fiarse de nadie y menos de los proveedores y, por último, a cobrar y pagar a 30, 60 y 90. Eran agotadores.

Ellos fueron los que me hablaron de la existencia de otras comunidades menores, dispersas, con las que no merecía la pena negociar, siquiera acercarse, al no aparecer ni en el buscador de TriVago. 

Me pusieron al corriente de la existencia de los Registradores de la propiedad. De los Animalistas que, a falta de animales, se sacaban a pasear los unos a los otros y se recogían las cacas. De los Solidarios (fueron los primeros en caer). De los Supervivientes del Sálvame, una secta muy peligrosa y despiadada, alejada de la realidad y cargada de sinrazones, muy propensa a estar todo el día dale que te pego a lo que viene siendo, heredera de lo que en su día se llamó Televisión y que ahora, por fin, brillaba por su ausencia. Del clan de los Taurinos, que ya no tenía ni un pase, ni toros que torear, ni orejas que llevarse a la boca, ni apoderados, ni razón de ser. O de los miembros de Los Cuerpos, sin fuerza, de seguridad del Estado (los Piolines) que, desarmados y desnutridos, se habían disuelto entre la multitud que, a su vez, se había disuelto voluntariamente, auto flagelándose a base de porrazos, acompañados por un coro de consignas absurdas y trasnochadas que abusaban en exceso, para mi gusto, de la rima consonante.

La tribu de los Tertulianos fue una de las más exóticas y divertidas con las que me topé en mi viaje al fin del mundo. Era gente campechana, dicharachera, ancha de miras y, en general, casi todas la cosas que incorporaran la letra che. 

Se pasaban el día hablando y discutiendo de todo y por todo. De lo que no sabían y también de lo que ignoraban por completo. Sus conocimientos se los habían ido trasmitiendo de padres a hijos y no dejaban lugar a otra cosa que no fuera a la improvisación y la duda. 

A ellos les conté mis experiencias acumuladas, sentados entorno a una mesa sobre la que reposaba un viejo micrófono de radio inservible. Una antigualla que habían rescatado de entre las ruinas de alguna vieja emisora.

Cuando me despedí de ellos, aún seguían intentando recordar cómo me llamaba y discutiendo sobre para qué coño serviría el Reflex. Hablaban todos a la vez, así que, no entendí un carajo.

Los días eran cada vez más cortos. La nube de ceniza y humo que lo cubría todo, se hacía irremediablemente incompatible con la vida. Las noches eran un infierno de calor y de ruidos, provenientes de un suelo que nunca había dejado de moverse, aunque fuera de manera imperceptible. 

En cualquier momento todo llegaría a su fin. Debía estar preparado para lo peor, pero no renunciaba a seguir acumulando experiencias en estos últimos coletazos del ser humano: ¿Para qué? se preguntarán algunos. ¿Y por qué no? se preguntarán otros. Y así todo el día, oiga.

A los que nunca llegué a encontrar, por razones de logística y pésima orientación, pero de los que tenía noticia por alguna indiscreción interesada, fue a los Hombres y Mujeres del Plástico, popularmente conocidos como los Cinco Céntimos.

Ajenos a la vida en tierra firme, esta siniestra cofradía, habitaban las enormes planicies marinas, hoy más secas que un charco de paja. Insanos pero salvos, procuraban mantener el equilibrio, el suyo propio y el de los “churros” de piscina, viviendo sobre toneladas de material no reciclado, proveniente de los llamados Mercadonas y Carrefoures. Plásticos del tipo: bandejas de champiñones, Bandejas de pimientos de Guernica, Bandejas con piezas de fruta envueltas en bolsitas de plástico transparente individuales, bandejas de queso troceado en cuñas, bandejas de carne de ternera gallega de primera calidad, Bandejas de delicias de pollo listas para freír y, sobretodo, bandejas. Ni que decir tiene que todas vacías.

Con mucho tiempo libre y también botellas de plástico como para reflotar un petrolero, habían logrado compartimentar el espacio que en su momento ocupaban los océanos, levantando muros hasta el cielo, a base de apilar toneladas de tapas de inodoro y flotadores en forma de unicornio, y así crear un laberinto de basura ordenada, del que ni ellos conocían la salida. Resumiendo: que estaban jodidos pero morenos.

Disuadido de ni siquiera intentar acercarme por aquel paraje inaccesible, puse rumbo al NorSur y seguí recorriendo los sinfines de la Tierra.

Solo un pequeño núcleo de población vivía bajo el imperio de una ley injusta, a la par que innecesaria. A ellos llegué con una citación que recogí tirada en, no recuerdo dónde, ni falta que me importa. 

Se trataba de los Legales. Jueces, fiscales, abogados de oficio y pasantes en su mayoría que, después de varios intentos fallidos de poner orden en este alocado mundo nuevo, habían decidido rendirse y putearse entre ellos mismos, más si cabe, y se lo tenían todo prohibido. 

Cada vez iban quedando menos, al menos, satisfechos de sus logros. Sólo unos pocos centenares de los auto proclamados Rebeldes sin causa, habían decidido desobedecer la última de las órdenes del Supremo Tribunal que les gobernaba con mano de hierro y mazo de madera: dejar de respirar durante al menos 10 minutos seguidos, al día.

Así las cosas (y otras peores que no desvelaré para no herir sentimientos), las nuevas sociedades estaban abocadas a su desaparición. Abocadas y a bocados. No sólo porque la implosión del planeta era inminente, sino porque éramos gilipollas. 

Para colmo de males, una especie nueva, deprimente y mutante, creada como consecuencia de la ingestión descontrolada de Tofu en mal estado, por parte de la población adultera, había resurgido de sus propios vómitos cual Ave Madrid-Badajoz. Una cosa boba e inhumana, que vivía en el más allá del más acá, y que aún no habían dicho la última palabra, ni la primera. Eran mudos de renacimiento.

Los Zombíx eran seres anclados en el pasado, que solo pretendían recuperar los valores humanistas y conciliadores de la Santa Inquisición. y, de paso, comerse a los vivos, a los muertos y entre ellos si les daba por ahí.

Ellos eran los verdaderos enemigos del resto de la población del planeta. Eran los más temidos pero, también los que más ternura y risa floja provocaban con sus andares, su desaliño indumentario y los trocitos de carne seca y retorcida que colgaba de sus mandíbulas batientes. Eran repugnantes (y después). 

Los dirigía una mujer hecha a sí misma, con un brazo de aquí, un pene de allá, un ojo a la virulé, unos pechos operados de acullá y un par de patas de palo del mismo pie. Muy agradable, la verdad.

Los Zombix, a lo tonto, a lo muy tonto diría yo, se lo estaban llevando muerto. En el S. XXl, de haber existido, hubieran sido guionistas de Netflix, asesores fiscales, corredores de bolsa o runners de faltriquera. 

Ni qué decir tiene que no me hubiese acercado a ellos ni borracho de agua no potable. Los observé un tiempo desde lo alto de un nido de avispas tigre abandonado, mientras me limpiaba las uñas de los pies con el abre fácil, de lo que en su día debió ser una lata de algún tipo de refresco sin azúcar, sin cafeína y sin ningún interés.

He dejado para el final, a una parte de la población superviviente de El Gran Cristo, auto denominada: Los Indignados. Gente que, con razón o sin ella. eran luchadores en defensa de la libertad de poder morir a lo grande, al aire libre y en igualdad de jodienda. Antisistemas sin sistema al que oponerse, que estaban capitaneados por Froylán 21 El Ignífugo. ¡Hulio!

Froylán 21 era un rey chapado a la antigua, pero de marcada tradición republicana, con derecho de coartada, que atesoraba el legado, el linaje y el mensaje cantado de un tal Atahualpa Yupanqui. Su lema era: “Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”. Estaba fatal de lo suyo, para qué negarlo.

La suya fue la primera voz que se alzó cuando, por fin, alguien con un mínimo de arrojo y pelo, quiso poner orden y concierto en el sindiós reinante. Comparada con la forma de desgobierno con la que el ser humano subsistía desde hacía más de cien años, la anarquía, podría haber sido, perfectamente, el mejor sistema para ordenar un diccionario enciclopédico.

Cuando llegué a su campamento, construido a base de tiendas de campaña organizadas en círculos, fue el primero en recibirme. Me llamó “compañero” logrando con ello que se me saltaran las lágrimas y los corchetes de la nostalgia de una época que no me tocó vivir. Quién hubiera podido nacer en plena Transición, me dije, poco convencido, para que lo vamos a negar.

Me habló del futuro, al que le recordé, le quedaban dos telediarios de Matías Prats (y cada día el de más gente). Del lenguaje inclusivo, inclusive para los que no tenían voz. De la pobreza energética, de los créditos hipotecarios a bajo interés, de que por fin se había conseguido la igualdad y todos los seres humanos vivíamos desahuciados pero en paz y armonía y, por supuesto, de su plan de convocar a todo el que quisiera reunirse con él, para defender y planificar una muerte digna para nuestra especie. Ni que decir tiene que me quedé sopa como un pajarillo.

Froylan 21 El Ignífugo, convocó a los líderes mundiales a las 19:00 horas de un lunes (7:30 de la mañana del martes, en segunda convocatoria). No fue ni el Tato.

Al darse cuenta de que no había fijado ni el día exacto, ni enviado las misivas por falta de transporte, organización y cerebro, decidió hacer un segundo intento dos meses más tarde. Brindamos por el fracaso con una refrescante bebida de soja caliente, acompañada por unas aceitunas podridas, rellenas de alpiste y quinoa.

A los pocos días, pude desmarcarme de aquella locura y seguí a lo mío, que no era mucho, pero que por lo menos me alejaba de esos mundanales ruidos carentes de consenso y de sentido común.

Comentaré como nota anecdótica irrelevante, que las religiones habían desaparecido. No había a quién elevar las plegarias, ni santos que sacar en procesión para que lloviera. Solo un tal Jordi Hurtado, considerado como el único Dios vivo en la historia de la humanidad, hacía las veces de guía espiritual de aquellos pocos que buscaban un canal de inspiración y una nueva fuente de sosiego. Más de 3000 años de acumular conocimientos se dice que le contemplaban. De poco le servían ahora.

Su ejemplo era el de haber logrado hacerse a sí mismo (varias veces) y de basar su filosofía de vida en el saber y el ganar. En sus escasas apariciones, sin demasiado eco, pontificando en voz en off sobre algún cambio de rasante del terreno, se le había visto portando una cruz amarilla medio rota, como única iconografía. 

Al parecer, cuentan que la susodicha Creu Groga, era una reliquia, encontrada semi enterrada, en una playa de Vilanova i la Geltrú (aunque no me atrevo a asegurar este extremo dado que, mi documentalista, está pasando unos días de vacaciones cerca de lo que quedó de Magaluf. Por cierto, aprovecho el paréntesis, de los llamados Balconings no queda ni el tubo de los limpiafondos de las piscinas a las que saltaban).

A lo que íbamos. En vista de la inviabilidad de la vida en el planeta Tierra, por fin, los diferentes líderes mundiales o, en su defecto, representantes elegidos por un pueblo escaso y nada soberano, se reunieron en un lugar secreto, convocados por El Ignífugo. Tan secreto resultó el susodicho lugar que, alguno de esos representantes no lo encontraron y fallecieron en el intento y, con ellos,  sus respectivas tribus. Esto es un no parar.

Después de varios días de deliberaciones y de darle tieso a un brebaje, destilado a base de leche de avena, aceite de palma y suavizante para automáticas… tras fumarse entre todos hasta las tobas de los troncos de Brasil, los allí reunidos y sus parejas, llegaron a la conclusión de que todo se iba a la mierda, que LGTBI el último y que verdes las habían segado. Así que, cada mochuelo a su olivo y cada conejo a su madriguera, que si quieres arroz Catalina y que si había que ir se iba pero que, ir para nada, era tontería (esto último no lo entendió nadie).

Ni Froylán 21 que, en mitad de la reunión se arrancó con “Los ejes de mi carreta” en varios idiomas, ni Jordi Hurtado, que subió veinte puntos al marcador de no sé quién, ni Donald Putin Kin Jun Hun de Todos los Santos, que roncaba como un diputado, pudieron evitar el desastre del desastre. Mujeres y hombres y viceversa claudicaron. Lo mismo que en su momento el sabio Tolkien había dejado escrito que el tiempo de los Elfos y el de los Enanos había pasado, en ese momento la Era de los Alfa-Betas y de tanto analfabeto, también tocaba a su fin. 

Sin alimentos, sin árboles, sin agua, sin animales, sin religiones, sin seres humanos, sin atmósfera, sin  sexo, sin el cigarrito de después de fumar, sin alcohol, sin espacios sin humo… el planeta estaba definitivamente al borde del óbito.

Para entonces, algunas tribus habían decidido reagruparse para sumar fuerzas, como único recurso para aguantar ese último aliento. Era un intento a la desesperada de pretender crear  un caldo de cultivo (incomible) que, al menos, procurara (o procurase) una justa redistribución de sus miserias. Murieron todos (tres cuartos de hora antes que el resto).

Contemplo el horizonte desde lo alto de una colina, viendo como el planeta se apaga (es un decir). La luz del sol siguen sin lograr atravesar la capa de mugre que cubre la atmósfera terrestre. La Tierra se traga su propia tierra, el fuego lo quema todo, el humo ciega mis ojos (parafraseando a The Platters).

He sido testigo de los últimos días de la especie humana sobre la faz de la tierra. Soy más consciente que nunca de que jamás volveré a “ver cosas que vosotros no crearais, ni brillar rayos C al otro lado de la puerta de Tan-Hauser” ni replicantes en vinagre.

Sin poder evitarlo y a punto de exhalar la última bocanada de aire fétido, noto como una lágrima se me escapa y desciende por mi cara, mejilla abajo, hasta el mentón. Puta ceniza.

En el silencio que precede a la tormenta, escucho el rugido de la nave oficial del Clan de los Políticos, la “QUEOSDEN l, que parte en el último momento hacia lo desconocido salvándose de la quema ¡con un par!

Quizá no todo esté perdido para la raza humana, ¡Qué coño! sí lo está, y para las especies que pudieran encontrarse por el camino, también. Los van a freír a impuestos. Al tiempo.

EL MÁS ACÁ

EL MÁS ACÁ

Desgraciadamente para mí, yo sí creo que la muerte es el final.

Este convencimiento, tan respetable como el del que opine lo contrario, me hace amar la vida por encima de sus posibilidades, con sus incertidumbres, su rutinas, sus virtudes, sus defectos, sus ruinas y algún que otro impresentable.

La vida es una camisa de fuerza con el loco por fuera.

También creo que que el hombre y la mujer crearon a Dios a la imagen y semejanza de sus necesidades de salvarse de la quema. Probablemente lo parieran el séptimo día de su indecisión, por la tarde. Un domingo cualquiera que no había fútbol ni nada comestible que llevarse a los ojos.

Lo crearon seguramente cuando se dieron cuenta de que la fe, en algo o en alguien, era una buena forma de encontrar consuelo sin más y una salida digna al laberinto emocional de sus racionales miedos.

La vida es la antesala de la muerte como la nada fue la alfombra roja de la vida.

No hay nada más allá de lo que vemos, de lo que ansiamos, de lo que vivimos. Si la vida eterna fuera una realidad duraría lo que los amores eternos: “diecinueve días y quinientas noches”.

Si todo desembocara en un juicio final, no quiero ni pensar cómo estaría a estas alturas la sala de espera de los juzgados y, sobretodo, los baños. Por no hablar del estado mental de los abogados sin oficio ni beneficio o el aliño de los periodistas apostados en la puerta intentando marcar alcachofa. Habría demasiada gente hacinada esperando desde hace demasiado tiempo un veredicto de no se sabe quién.

No creer también es una cuestión de fe. Que Dios me perdone.

Precisamente porque la vida no dura para siempre, al contrario que la estupidez y la muerte, esta única vida que tenemos, aunque nos vuelva tarumbas con sus altibajos, sus vaivenes y sus cabronadas varias de todo punto prescindibles, merece toda nuestra atención y nuestras ganas de intentar terminar con nota, lo que empezamos cuando nos trajeron al examen sin haber estudiado ni un poquito.

A pesar de los pesares y de los pisares. Aunque me hayáis oido escribir en más de una ocasión que –la vida es un curso de formación con una mala salida– hay que desvivirse por ella. No nos queda otra.

(Y ahora vas y lo aplicas(cas).

LA POSTURA

LA POSTURA

Apoyó la frente sobre el cristal de la ventana. Dentro de su cabeza llovía a cantaros. El viento despeinaba las copas de los árboles plantados en la acera. La gente iba a lo suyo. Está demostrado que, en realidad,  ir a “lo suyo” es sinónimo y primo hermano de ir a lo tuyo, a lo nuestro o a lo de todos.

Somos poco originales a la hora de elegir qué hacer, dónde ir o con qué soñar. Todos tenemos los mismos problemas, próximos o que finalicen o, como dice también la voz del Metro, con su vital correspondencia con la línea que más o menos nos conviene.

Pensaba, mientras la frente se le quedaba fría y el calor de su piel empañaba el cristal, en lo que puede llegar a cambiar la vida de un día para otro. En la cantidad de veces que se había dicho a sí mismo, o compartido en voz alta en el ascensor sin mayor eco, que había que vivir. Que la vida eran dos días  y uno lo pasábamos durmiendo, otro medio, discutiendo y el resto estrellándonos una vez al mes contra una hipoteca de ladrillo visto. Que no quedaba otra. Que el más allá seguro que sería más tranquilo pero que, donde estuviera un buen meneo de vez en cuando, que se quitase lo bueno por conocer, la certeza de la nada o volver al polvo (al bíblico, no al que obra milagros).

Siempre había preferido estar hecho polvo que serlo.

Había llegado sin saber muy bien cómo, a un punto sin retorno. Necesitaba cambiar algunas cosas, quién sabe si todas. Tomar una decisión que le arrancara de las garras de esa enredadera con pintas en la que se desangraba y desvivía. Era el momento de adoptar una postura. La de la frente apoyada en el cristal de la ventana no le pareció la más cómoda, es verdad que era la que tenía mejores vistas, pero resultaba insuficiente y harto incómoda como para liarse a cambiar nada. Así que, se alejó de la ventana, dirigió sus pasos hacia el sofá del salón, se tumbó con cuidado, a lo amargo y a lo Pancho, y ahí sigue.

Ya va para diez años en la misma postura, tumbado y abducido, en y por el sofá de su cuarto de ser.

AYUDA

AYUDA

Hay ocasiones en las que ni tú mismo sabes cómo ayudarte. Por más que lo intentas la llave no entra en la cerradura, no por falta de puntería o de ganas, sino porque nada quieren saber la una de la otra. No encajan. No giran. No tienen vuelta de ojo. Mientras la llave aprieta los dientes, la cerradura mira para otro lado. Tienes la opción de contarlo en voz alta, pero que te asuste tener que decir la verdad, escucharla de tus propios labios. Bastante tienes con que la realidad que padeces atraviese tu cabeza como una bala perdida de fogueo. Es en ese punto en el que te encierras en la habitación de tu propio pánico. Te abrazas a una almohada rellena de preguntas cuya respuesta sabes, si te echas a dormir del otro lado. ¿Cómo se ayuda a otro o a ti mismo sin saber qué hacer, qué decir, qué callar?

Muchas veces basta con saber que hay alguien, con soñar un abrazo, con que, sin más, te escuche. Que oiga tu silencio y entienda cada pausa. Que te lea entre lineas aunque no estén escritas o pasadas a limpio.

Es inútil ahogarse en un vaso vacío, aunque siempre es peor no encontrar la llave ni la cerradura. Que la primera se te haya caído al suelo a través del agujero del roto del bolsillo y que la segunda esté cada vez más lejos cuanto más te acercas. Es entonces pienso: si siempre hay algo peor es que lo mejor también existe. Se llama esperanza y es cuestión de atreverse.

DE MENOS

DE MENOS

Echo de menos la felicidad.

La luz de esos días que amanecen envueltos en ti, en los que un brillo interior te acompaña desde que suena el despertador hasta que decides dormirte a lo largo y a lo ancho de tu drama.

Echo de menos esa sensación de plenitud en la que nada ni nadie puede contigo. La suerte en los talones, la magia en la chistera, las señales de humo de una larga calada del destino.

Echo de menos el olor del mar a la orilla de mi memoria, la nostalgia que te anima con alegre tristeza, la soledad que, asomada a la ventana, ve pasar la vida como un cuento.

Echo de menos la música interior que teje telarañas en la esquina del viento arrepentido. El sabor de los versos a escondidas, las razones que no te dan la gana.

Echo de menos los pasos perdidos, las noches de sol, tu piel en mis labios sin miedo a perderse, las malas costumbres, las buenas ideas, las ganas de estar.

Echo de menos el presente, la belleza de los días sin horas ni llaves en el alma, la satisfacción del trabajo agradecido, los amigos que no van a volver, la esperanza que cambia la suerte.

Echo de menos el final del camino, la fuerza, que no la voluntad. Sentirme bien, pasar del mal.

Y, sin embargo, echo menos de menos cuando no lloraba.

SE CAMBIA POLVO POR BRILLO (Soneto).

SE CAMBIA POLVO POR BRILLO (Soneto).

El universo sigue en expansión

y el mundo cada vez más estirado,

más caliente, más ruin, más achatado,

más a las puertas de su defunción.

Tiene gracia que fuera una explosión

el origen de un caos organizado

que, quitando delirios y pecados,

sigue teniendo visos de ficción.

Este planeta mal alicatado

necesita una mano de pintura

más verde, más azul, más protectora.

Un nuevo corazón aclimatado,

más esperanza en forma de cordura

y que se pare al menos media hora.

QUE LES DEN POR BULO

QUE LES DEN POR BULO

Qué lata la realidad

siempre trastocando planes.

Tanta subjetividad

hace sin huevo los flanes.

Cuando lo evidente chafa

el cuerpo de la noticia,

ni graduando la gafa

te corrigen la presbicia.

Cuando la mentira enseña

lo que la verdad esconde,

ya nunca sabes si sueñas,

ni qué, ni cómo, ni dónde.

El optimismo convulso

aburre hasta a la utopía.

El onanismo sin pulso

carece de garantía.

Si cada día te dan

razones para engañarte,

lo mejor es apoyar

la cabeza en otra parte.

Si lo que no puede ser

además es increíble

dejémos por imposible

lo que nos hacen creer.

Para evitar el temor

a caer en ese abismo,

se recomienda realismo

y un poco de por favor.

Acabaremos idiotas

sin intentar distinguir

un culo de una pelota,

una cobra de un Fakir.

Lo peor no es no entender

lo de “tonto el que lo lea”,

lo desconcertante es ver

que la gente se lo crea.

LOS REVERSOS DE MIS ESPAÑAS

LOS REVERSOS DE MIS ESPAÑAS

España de los hechizos
que trastornan a las masas.
Curadero de chorizos
cortados en tabla rasa.

España de cuchipanda,
de fuegos artificiales,
de bobos como Dios manda,
de burocracia a pedales.

España del digo Diego.
Jardín de Manostijeras.
Inventora del “te veo”
y, de paso, te doy cera.

España del negro paro.
De balcones con bandera.
De lo bueno sale caro
y lo barato de pena.

España con aditivos
y bastantes conservantes.
Patria chica de los divos.
Senda de los elefantes.

España del conformismo.
Tierra de los brotes verdes.
Estado del triunfalismo,
generalmente, los viernes.

España del varapalo.
Con pecado concebida.
Mucho pico, pero malo.
De siesta y ¡abre, María!

España de los juzgados.
Casino de la retranca
en el que tiras los dados
y siempre gana la banca.

España de los amores
que duran toda la huída.
Trastienda de los horrores
de los locos a medida.

España con acritudes,
de peineta y butifarra,
de coleccionar virtudes
que lindan con lo macarra.

España de risa tonta
y de llanto con chorreras,
de disculpar al que monta
pollos “de aquella manera”.

De las pelotas de goma,
de los caprichos de Goya,
de los sujetos de broma,
de ida y vuelta de  olla.

España de los olores
que saben a naftalina.
Estación de los amores
con trenes a la deriva.

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No se salvan de la quema
ni los nobles, ni los ricos,
ni los grandes, ni los chicos,
ni las malas, ni las buenas.

No se salvan del barullo
ni los cuerdos, ni los locos,
ni el que sigue a perogrullo,
ni el que nos da soplamocos.

No se salvan de follones
ni los que pagan el pato,
ni los que cobran millones,
ni los líderes, ni El Tato.

No se salvan de los gritos
ni los que imponen la pena,
ni los que cumplen condena,
ni los crudos ni los fritos.

No se salvan de la hoguera
ni el que reparte las cartas,
ni el que pinta la pancarta,
ni el que menos se lo espera.

No se salvan de la ira
ni el macarra con peineta,
ni la manzana podrida,
ni la princesa reineta.

No se salvan del derribo
ni los feos, ni los guapos,
ni los muertos, ni los vivos,
ni las ranas, ni los sapos.

No se salvan de la rueca
ni el hilo, ni Blancanieves,
ni aquel que asó la manteca,
ni los lunes, ni los jueves.

No se salvan del tormento:
–Mira qué bien y qué pronto–
le dijo la tonta al tonto,
ni el ciento veinte por ciento.

————————————/

Al retrato de esta España
(en vientre de pandereta)
le han pintado una guadaña
envuelta en una patraña
coronada con peineta.

Lo han pintado a navajazos
y pelillos a la mar,
con un pincel de mil trazos
al que le han puesto dos lazos
y un árbitro en cada bar.

Un retrato con paisaje
(a modo de bodegón)
donde sobra paisanaje,
una perdiz sin plumaje
y un huevo de corrupción.

En el cuadro compulsivo
de esta España con coleta,
junto al mundanal cautivo,
un San Nicolás esquivo
abarca pero no aprieta.

A la izquierda pueden ver
una multitud confusa.
A la derecha el querer,
y en el centro un “sinsaber”
en una montaña rusa.

Al fondo sombras y luces
bajo un sol enladrillado,
un monte con muchas cruces,
gente dándose de bruces
y tontos por todos lados.

De estilo remordimiento,
con un toque surrealista,
la obra es un sufrimiento
pintada sin fundamento
por un loco hipo realista.

Este retrato sin cielo
huele mucho a hierba mala,
a galán de medio pelo,
a tocinillo de suelo
y a “obso…eso” programada.