COLGADO

COLGADO

Saco las llaves del bolsillo de mi

chaqueta,

del bolsillo izquierdo, para ser más

exactos

(el de la derecha

tiene un siete

con un pozo sin fondo,

al fondo a la derecha).

Abro.

Empujo una de las hojas de la

puerta de madera y cristal

y entro en el estudio.

Hay tantos cuadros apilados en el

suelo

que algunos están que se suben por

las paredes

(colgados, aunque menos que yo).

Doy las luces,

enciendo la radio,

me pongo un güisqui, sin hielo

(Como los de Mad Men).

Me quito la ropa y los complejos.

Me siento en una silla medio

cómoda

y miro, de abajo arriba,

el lienzo en blanco que,

asomado al caballete,

me desafía.

Elijo los pinceles, los colores,

estreno una paleta desechable,

enciendo la imaginación,

apago la mala leche

(desechable también)

y me pongo a enredar.

Estoy en el único lugar

donde siento que pinto algo.

Donde sé que cuadro.

Muchas veces añoro

lugares que no he visto

y, sin embargo,

me acuerdo de sus calles,

de sus rincones,

de las caras de su gente.

de los olores.

He estado en tantos sitios

a los que nunca he ido

que terminé pintando

paisajes y cielo increíbles,

colores impensables,

rocas inaccesibles y,

como siempre, a nadie.

Y por aquí me ando,

de baño en baño,

de pared en pared,

de clavo en clavo,

de mirada en mirada,

de casa en casa

de picos pardos,

Con la memoria

a cuadros.

Colgado de mí.

Colgado por ti.

MIRA

MIRA

No me importa vivir

entre cuatro paredes,

así puedo esconderme cada noche

en un rincón distinto

de mí mismo.

Los habrá que prefieran

asomarse a la calle

y exhibirse desnudos,

sin miedo a lo que opine

el cretino de enfrente.

Por amor al arte.

sin temor a helarse.

Habrá otros que opten

por vestirse de niebla

temiendo que levante.

Cada cual se desvive

al borde del peligro

en el que más a salvo se siente.

Hace en privado cosas

que no quiere airear,

celoso de sí mismo,

receloso del resto.

Cada uno es muy libre de sentirse,

si se da la ocasión,

una persona diferente,

dependiendo del lugar,

de las circunstancias,

o de las copas consumidas.

Cada mente se precipita como

gusta, a ese abismo tan íntimo,

en primera persona.

Casi todos llevamos dentro

un exhibicionista dentro

luchando por salir.

No estará de más,

llegado el caso, y el acoso,

que dejaran en paz la desnudez,

por tanto, de tocarnos los pezones,

los cada vez más rancios

“gilhipócritas”.

POR QUERER QUE NO QUEDE

POR QUERER QUE NO QUEDE

Quisiera ser un rayo

que queme tus rastrojos.

El viento que desnude

tu cuerpo de hojarasca.

Desenredar el brillo de tu ausencia

y hacer tiras de luz

sobre mi cuerpo.

Beberte como lluvia inesperada

a la que sales a empaparte entera.

Hacerte guiño,

viento de palmera,

nudo de hamaca,

siesta de verano.

Quisiera ser un siempre

como nunca.

La página final de esa novela

que no quieres que pase,

por si acaso

no fuera ese final

el que esperabas.

Quisiera ser

tu mano entre tus piernas.

Tu humedad absoluta y relativa.

El ojo agazapado

en la oxidada cerradura del desván,

en el que sé que escondes

lo que de mí pretendes.

BANDAZOS

BANDAZOS

Caminaban muy juntos, como si fuesen uno, disfrazados de barrio, confundidos de acera. Firmemente abrazados, entremezclados casi, escondiendo sus manos en “vaya usted a sobar”.

Por dentro de sus ropas, sus manos y sus dedos traspasaban fronteras, se tocaban a ciegas sin nada que esconder. Desnudos de miedo, aislados del mundo.

Se arrancaban por dentro susurros y caricias. Al abrigo de sus abrigos, al borde de la noche, cargados de una pasión irracional y en bruto. Sin importarles las miradas ni los ojos abiertos de las ventanas con luz.

Llovía sutilmente, como si no quisiera, como si no existieran. Se amaban lentamente como si no supieran, igual que uno imagina por primera vez lo que nunca ha sentido.

Iban dando bandazos, esquivando baldosas, centrados en no darse de bruces contra la realidad, ni contra ningún pico del mobiliario urbano.

Su reflejo en el agua iba de un charco a otro y encendía la noche como un sueño a traición.

No me cabe duda de que estaban engañando a alguien. Esas cosas se notan. No hay pareja estable que se arriesgue tanto, que se exhiba tanto escondida en sí misma.

No me atreví a seguirles cuando, al doblar la esquina, enfilaron una calle en penumbra sembrada de portales. De esas en las que las farolas te espían de reojo, en las que las sombras se ponen en tu lugar.

Seguí mi camino, aunque puedo imaginar cómo acabaron.

Con lo calientes y distraídos que iban, ebrios de alcohol y fuego, lo más probable es que se quedasen dormidos, después de comerse a besos, de beberse el aire sin descanso, en el asiento de atrás del horizonte.

Amanecía. Y yo con estos celos.

AL DESNUDO

AL DESNUDO

Saca las llaves del bolsillo de su abrigo, del bolsillo izquierdo para ser más exactos (en el bolsillo de la derecha solo tiene un siete con un pozo sin fondo, al fondo a la derecha, siempre lleno).

Abre el cierre. Entra por la puerta (suele ser lo habitual).

Empuja una de las hojas de madera y cristal y da las luces de su estudio.

Hay tantos cuadros apilados en el suelo que algunos están que se suben por las paredes (colgados, aunque menos que él).

Enciende el ventilador.

Se pone un güisqui, sin hielo, sin nadie, sin ganas.

Se despoja de la ropa y los complejos.

Toma asiento en una silla medio cómoda y mira, de abajo arriba el lienzo en blanco que, asomado al caballete, le desafía.

Elige los pinceles, los colores…

Estrena una paleta desechable.

Enciende la radio. Apaga la mente.

Encierra en el baño la mala leche (desechable también) y se dispone a enredar, a desenredarse.

Está en el único lugar donde siente que pinta algo, donde sabe que cuadra.

Empapado en sudor y desnudo de cintura para arriba y para abajo se deja llevar por la corriente.

Pinta al desnudo vestido de mar.

Mi modelo a seguir.

https://www.instagram.com/taboadart