BANDAZOS

BANDAZOS

Caminaban muy juntos, como si fuesen uno, disfrazados de barrio, confundidos de acera. Firmemente abrazados, entremezclados casi, escondiendo sus manos en “vaya usted a sobar”.

Por dentro de sus ropas, sus manos y sus dedos traspasaban fronteras, se tocaban a ciegas sin nada que esconder. Desnudos de miedo, aislados del mundo.

Se arrancaban por dentro susurros y caricias. Al abrigo de sus abrigos, al borde de la noche, cargados de una pasión irracional y en bruto. Sin importarles las miradas ni los ojos abiertos de las ventanas con luz.

Llovía sutilmente, como si no quisiera, como si no existieran. Se amaban lentamente como si no supieran, igual que uno imagina por primera vez lo que nunca ha sentido.

Iban dando bandazos, esquivando baldosas, centrados en no darse de bruces contra la realidad, ni contra ningún pico del mobiliario urbano.

Su reflejo en el agua iba de un charco a otro y encendía la noche como un sueño a traición.

No me cabe duda de que estaban engañando a alguien. Esas cosas se notan. No hay pareja estable que se arriesgue tanto, que se exhiba tanto escondida en sí misma.

No me atreví a seguirles cuando, al doblar la esquina, enfilaron una calle en penumbra sembrada de portales. De esas en las que las farolas te espían de reojo, en las que las sombras se ponen en tu lugar.

Seguí mi camino, aunque puedo imaginar cómo acabaron.

Con lo calientes y distraídos que iban, ebrios de alcohol y fuego, lo más probable es que se quedasen dormidos, después de comerse a besos, de beberse el aire sin descanso, en el asiento de atrás del horizonte.

Amanecía. Y yo con estos celos.

AL DESNUDO

AL DESNUDO

Saca las llaves del bolsillo de su abrigo, del bolsillo izquierdo para ser más exactos (en el bolsillo de la derecha solo tiene un siete con un pozo sin fondo, al fondo a la derecha, siempre lleno).

Abre el cierre. Entra por la puerta (suele ser lo habitual).

Empuja una de las hojas de madera y cristal y da las luces de su estudio.

Hay tantos cuadros apilados en el suelo que algunos están que se suben por las paredes (colgados, aunque menos que él).

Enciende el ventilador.

Se pone un güisqui, sin hielo, sin nadie, sin ganas.

Se despoja de la ropa y los complejos.

Toma asiento en una silla medio cómoda y mira, de abajo arriba el lienzo en blanco que, asomado al caballete, le desafía.

Elige los pinceles, los colores…

Estrena una paleta desechable.

Enciende la radio. Apaga la mente.

Encierra en el baño la mala leche (desechable también) y se dispone a enredar, a desenredarse.

Está en el único lugar donde siente que pinta algo, donde sabe que cuadra.

Empapado en sudor y desnudo de cintura para arriba y para abajo se deja llevar por la corriente.

Pinta al desnudo vestido de mar.

Mi modelo a seguir.

https://www.instagram.com/taboadart