UN SUSTO DE SUERTE. (ENTRADA DEL PROGRAMA ESPECIAL LOTERÍA EN ONDA CERO)

Hoy, unos niños, nos van a poner un ejemplo de lo que es ponerse de acuerdo. Van a ser cuatro y cada uno tendrá una función diferente, aunque en el fondo se trate de la misma. Uno de ellos, situado en la parte de atrás del escenario, junto a un bombo pequeño, sacará una bola con un premio, Otro niño, o niña, a la misma altura del escenario, junto a un bombo mucho más grande, será el encargado de extraer otra bola, en este caso con un número. 

Delante de ellos, con un protagonismo algo mayor, más visible, más sonoro, otros dos niños, le pondrán voz a ambas cifras y por lo tanto, nos harán saber a todos, qué premio hemos ganado, o no, y a qué décimo le ha correspondido, o tampoco.

Así de sencillo. Cuatro niños se van a poner de acuerdo, a lo largo de la mañana de este martes, para darnos un susto de suerte.

A partir de ahí, ya veremos quiénes se sienten ganadores, a quiénes les rechinarán los dientes y las neuronas, o quiénes lamentarán no trabajar en una fábrica de maniquíes como vigilantes de seguridad.

Este 22 de diciembre, día en el que por cierto también empieza el invierno, el «ingobierno» que dicen algunos, es el día en el que la actualidad se hace un poco más respirable, abre un paréntesis y, a nosotros de paso, nos permite tomarnos un respiro, al cava, si es posible. 

Porque hoy las noticias vienen con la sonrisa puesta, con aires de fiesta, con un plan debajo del brazo, con un emoticono en la mirada, con retuit en el alma, con una mariscada en Instagram y todo ello, gracias a una lluvia de millones de euros, Montoro más, Montoro menos que, a más de uno, le van a venir como anillo al dedo, como tapón al agujero. Porque ya saben ustedes que cuando se trata de agujeros, España es un paraíso fecal. Aquí todo el mundo tiene uno que tapar, o dos sin son pequeños. Lo mismo que todo el mundo tiene: un partido, un equipo de fútbol, un credo, una opinión, un vecino ruidoso, un bobo conocido, un perfil en las redes sociales, un cuñado y, lo que es más importante, un montón de sueños que hoy puede que se hagan Navidad.

LA REALIDAD

LA REALIDAD

Decía el dramaturgo y narrador Friedrich Dürrenmatt que «la realidad es una opción de lo posible». Es decir que, de todas las cosas que nos pueden suceder, en todos los momentos dados, la realidad es solo eso que nos pasa. Lógica no le falta, sentido del humor, bastante.
Dependiendo de tus circunstancias, uno puede elegir: muerte en lugar de susto, papel en lugar de piedra o incluso de tijera, la de avena en lugar de dos de sal. Decantarse por los culos en lugar de por las témporas (lógico por otra parte), por las «churris» en lugar de por las Meninas. Preferir, llegado el caso, que te trague la tierra a comerte dos kilos de arcilla, sin alginato ni leches, a puro huevo.
Por descontado y paralelamente, existen infinidad de opciones que, ni elegimos, ni nadie nos da cuartelillo para poder hacerlo. Cosas tan elementales como: nacer, «la cuna», el nombre de pila, la pila, el apellido de nuestro jefe, ciertos caminos, inciertos destinos, a nuestro peor enemigo íntimo, a los que van y vienen en las listas electorales, al idiota de turno, el turno del idiota y tanto etcétera suspensivo.
La realidad es la que es en cada instante y, a menudo, no se deja meter mano. Sin embargo, tiene de buena que, si bien no se puede devolver a los corrales, a veces se puede cambiar por otra, aunque que no todo el mundo pueda permitirse ese lujo. Cuando de la realidad se trata, si no quedas satisfecho, ni El Corte Inglés te devuelve el dinero. Pero… una manita de chapa, pintura y mecánica en general puede que sí admita. A veces hasta una pasadita por el desguace.
Por eso es tan importante que, en lo que de cada uno dependa, no bajar la guardia. No permitir que nadie se meta ni decida cual es nuestra realidad, al menos la básica, la rutinaria, la del día a día, la de andar por casa, «la de la mochila azul, la de ojitos dormilones, la que nos deja gran inquietud y bajas calificaciones…». (Perdón, que me he venido arriba, o abajo, según).
Intentemos que esa «opción de lo posible» se aproxime bastante a lo que en realidad soñamos. ¿Cómo se consigue eso? No tengo ni la más «repajolera» idea.
Yo solo sé que, menos lo absoluto, todo lo demás es relativo. Que peor sería que la realidad fuese una opción de lo imposible. Así que, como todo es susceptible de empeorar, no demos ideas, salvo que nos las paguen, como las que damos en Twitter, esa realidad paralela.

DE PROMESAS, UTOPÍAS Y VAMPIROS

DE PROMESAS, UTOPÍAS Y VAMPIROS

No sirve de nada tener buenas ideas si nadie acepta ser conejillo de indias. Las buenas ideas, en ese aspecto, adolecen de la misma falta de aceptación que las malas, ninguna. Los ases y los conejos quedan muy bien en mangas y chisteras pero, fuera de ellas, la magia les abandona como a las axilas los desodorantes baratos.

Aunque quisiera estar equivocado, muchas veces he manifestado convencido de ello que, el mundo suele cambiar a los que vienen a cambiarlo. Será por falta de valor, de consenso, de poder, de capacidad de convicción o sencillamente por miedo a perder la confianza de tus votantes pero, lo cierto es que, a la hora de la verdad, en política, o te adaptas a lo que la gente está dispuesta a consentirte o Puerta, Camino y Mondeño. 

La utopía está bien como castigo, en la práctica, no hay quien sea capaz de hacerla funcionar. Por eso es utopía, si no, no tendría la gracia que promete. No reniego de ella, me gustaría que pusiésemos más interés en lo que propone, en su capacidad regeneradora, en su locura. La mayoría de las genialidades nacen de lograr hacer realidad un imposible. Lo cierto es que: «es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja» que un pobre se deje arrastrar a un cielo que ni ve, ni siente, ni está dispuesto a padecer (Siempre que escribo el verbo padecer me acuerdo del chiste del hombre cubierto de pelo que le pregunta a su médico: Doctor, ¿qué padezco? y este le contesta: «Padece uzted un «ozito»)

No suelen cumplir las promesa sencillas, como para tragarse otro sapo a estas alturas, aunque el sapo parezca una rana y esconda un príncipe de infinitos colores. Condenamos a los justos por pecadores antes de que puedan salir de su «almario». Pero así son las cosas, la sociedad tiene miedo a los cambios, a la estética y a la ética que no ve del todo clara. Pintamos más de lo que exponemos, porque lo que se dice exponer, no exponemos nada,

A todos nos gustan los vampiros hasta que sentimos sus dientes clavados en nuestro cuello.

EDUCADA MENTE

Estoy casi seguro de que lo primero que hizo el ser humano cuando tuvo uso de razón fue buscar un culpable. Va en nuestra naturaleza. Es algo primitivo y más básico que el instinto.

Al contrario de lo que se dice, el tiempo no cura nada. Prueba de ello es que hasta el mejor reloj se estropea con el tiempo. Lo que sí consigue en parte es: aliviarnos, vaciar nuestras mochilas de objetos y sujetos inservibles, nos permite tener una perspectiva actualizada de la realidad y una visión indiferente y más reposada del pasado. Eso no evita que tiremos de cremallera para cerrar las heridas y, así pasemos la vida abriendo y cerrando penas.

Aquel profesor de historia que se disfrazaba de romano para explicarnos la caída del Imperio, con el tiempo, pasó de ser un loco peligroso a un genio incomprendido. El tiempo es un maestro con carácter retroactivo. Nos enseña que: en el fuego donde se funden las guadañas importa más el aire que la leña. Aunque desgraciadamente el tiempo si está de loco de atar.

Yo no fui un buen estudiante, suspendía hasta el recreo, pero sí creo que un buen alumno. Se podría decir que estudiando era buena persona. En aquella época le eché la culpa: al astigmatismo, a la hipermetropía, a la luz del flexo y al ojo vago. (Por cierto que el corrector de textos de Apple no tiene ni idea de lo que es un flexo).

Hoy sé que, aunque el diagnóstico del oftalmólogo era el correcto, mi problema con los libros apuntaba a que el concepto «vago» iba más allá del ojo. Mi madre siempre me habló de lo bien enunciada y aplicada que estaba en mi caso lo de «la ley del mínimo esfuerzo». Luego aquello pasó. Ea, ea, ea.

En los tiempos que corren (que vuelan) no resulta fácil distinguir la vagancia de algunas patologías que hoy en día se tratan como «déficit de atención». Prueba de ello es que, en aquellas asignaturas en las que, un servidor, tenía un docente decente, se despertaba en mi un inédito interés por ellas y, con él: las ganas de aprender, de atender, de retener los conceptos casi sin esfuerzo…, incluso de retener líquidos en clase.
Eso no quita que exista tal patología y que sea un quebradero de cabeza.

A pesar de todo no me atrevo a afirmar, cómo bromeaba Facundo Cabral en uno de sus monólogos, que «mi educación fuera muy bien hasta que me la interrumpió el colegio». Me gustaba ir al colegio, a veces, hasta entrar.

De mi otra educación tampoco tengo queja, porque en casa se encargaban de darme, sin interrupción, esa materia sensible que nos enseña: a sentir, a luchar, a comportarnos, a recomponernos, a vivir.
Porque, los padres, los de antes y los de ahora, tienen que hacer también su parte. Lo que no incluye que deban ser necesariamente los maestros de sus hijos, de la misma manera que, los profesores, no deben ejercer de padres de los hijos de los demás.
Lástima que, al parecer, en la práctica, como pasa con algunas llamadas telefónicas, «esa opción no está disponible». Si intercambiamos los papeles lo más probable es que los perdamos. Quitarle la autoridad al maestro en lo suyo es un error que suele terminar en bronca y en un desastre.

No puede ser que los profesores tengan que hacer de vigilantes de la playa por la mañana, mientras que, por la tarde, a los padres les toque la tarea de explicar la diferencia entre las «palabras abstractas» y los diálogos de Gran Hermano 16 o, entre las matrices conjugadas y las traspuestas. Traspuestos vamos a terminar todos de seguir por este camino y, no descarto que en un futuro, también acabemos conjugados. Más de una madre o un padre sufren la ansiedad de tener que pasar por el trance de volver a examinarse de las asignaturas que ya aprobaron en su momento, o no.

La lucha contra el abandono escolar es otro de los grandes retos a los que nos enfrentamos en la actualidad. Los chicos no quieren ir al colegio, pero es que tampoco quieren ir a su casa, a ninguna parte en realidad (como mucho Tu cara me suena, Mini o de público a El Hormiguero). Algo estaremos haciendo mal entre todos si no logramos que se centren. O eso, o que las rotondas y las puertas giratorias están haciendo más daño de lo que suponemos.

Por otra parte, de la impresión de que hemos dejado la disciplina en manos de nuestras hijos, para uso y disfrute de los propios alumnos y, hemos caído en nuestra propia trampa, la de expiar nuestros pecados en el ámbito del «mal de muchos».
Hace años, el mal de muchos, puede que fuera un consuelo de tontos, hoy en día, el mal de muchos, es una epidemia.

Hace falta que nos pongamos de acuerdo y dejemos el «y tú más» para los que carecen de argumentos.
Tener educación es más fácil si se tiene cerebro. Y el cerebro hay que regarlo desde que nacemos. Nuestro cerebro debe ser una esponja, no ser el de Bob Esponja.

La formación es fundamental y, si es profesional, miel sobre hojuelas. Mi abuelo me decía: Sé lo que quieras ser. Si quieres dedicarte a limpiar pescado, no te cortes, pero sé el mejor limpiando pescado. Y aunque es verdad que vivimos para trabajar, deberíamos tener la oportunidad de escoger un trabajo que no sea un sin vivir. Una salida que no tenga que ser necesariamente una salida de emergencia.

Tenemos muchas asignaturas pendientes de aprobar, de suprimir y por crear. Hay que enseñar a convivir con las emociones y a saber salir de ellas.
Hay que aprender a usar el diccionario de las buenas personas,
Falta una asignatura que obligue a aprenderse de memoria los afluentes, por la derecha y por la izquierda, del buen camino.
Necesitamos que los profesores les enseñen a nuestro hijos a entender que puede que no tengan razón siempre, aunque la tengan. Y que los padres aprendan que el centro educativo no es el enemigo público (privado o concertado) número uno, ni siquiera el dos.
Se impone una asignatura que explique para que sirve tanta competitividad mal entendida o mal explicada y, especialmente, un master, un doctorado o un curso de verano, en el que nos enseñen a desaprender gilipolleces.

Poco avanzaremos en este y otros asuntos de estado, si la educación, en manos de la política; ese traje entallado que suele quedar grande, no alcanza de una vez por todas un largo, estable y cálido consenso.
Las cuestiones que afectan a nuestra estabilidad, ética, seguridad y convivencia deberían someterse a debate cada muchos años, cada varias generaciones, no en cada legislatura.

Porque el tiempo, que lo que si hace es dar y quitar razones, ha demostrado que la educación no puede ser un juguete en manos de un niño caprichoso. No debe ser una cuestión de ideologías sino de buenas ideas. Va en ello nuestro futuro y, lo peor que le puede pasar al futuro, es que se parezca mucho a ese pasado en el que; lo primero que pensó el ser humano cuando tuvo uso de razón, fue en buscar un culpable que nunca aparece.

DISCURSO DE PRESENTACIÓN de la entrega de los  «PREMIOS MAGISTERIO, Protagonistas de la educación» Madrid 12 de noviembre de 2015. CaixaFórum.

LA OTRA MITAD DEL MEDIO AMBIENTE

LA OTRA MITAD DEL MEDIO AMBIENTE

Se masca lo que flota en el ambiente:
Este no saber qué, de qué se yo.
Este «sí es, no es» adolescente
más incoherente que un sanseacabó.

Está el patio revuelto de trigueros
(por no citar productos genitales)
Los que dijeron digo, ponen peros,
los que nunca supieron, son iguales.

La gente ya no sabe a que atenerse.
No sabe a quien creer ni qué rezar.
Duda entre evaporarse o disolverse.
No distingue verruga de lunar.

Son tiempos de conjuras y trasvases,
de sueños caducados y marchitos,
en los que la verdad no tiene un pase
ni asada con tomates verdes fritos.

Época de rotondas invertidas.
De puertas giratorias recicladas.
De turbulencias sin paracaídas.
De estar de parto a la desesperada.

Está el ambiente muy descontrolado
y es malo cual jarabe de la tos.
Más en penumbra que un iluminado.
Más raro que un retrete para dos.

Es tiempo de castañas a destajo.
De hacer de la idiotez un desafío.
De esconder en el forro del refajo
la cara dura de los desvaríos.

A ver si se despejan mar y cielo,
y el suelo que nos tienen prometido,
y se ventila un poco éste canguelo
que huele igual que el miedo derretido.

BIENAVENTURECES

BIENAVENTURECES

Bienaventurados los extraterrestres
porque de ellos es el reino de los cielos
y los que renacen, cueste lo que cueste,
de las cenizas de sus ceniceros.

Bienaventurados los que cuentan olas
en lugar de «merinas» descarriadas
y los que navegan en las caracolas
porque abrazan un mar sin marejadas.

Bienaventurados los escarmentados
porque serán rebeldes en la granja
y los que sobreviven agachados
porque, seguro, heredaran las zanjas.

Bienaventurados los que les consuela
el «mal de muchos» de las decepciones.
Bienaventurados los que no se «cuelan»
porque siempre tendrán otras opciones.

Bienaventurados los que se confían
y se piensan que «todo el mundo es bueno».
Los que tiene por norma esa manía
y les terminan por tomar el pelo.

Bienaventurados los provocadores
que te hacen el humor a la primera
y los magos que encuentran la manera
de meterte y sacarte los colores.

Bienaventurados los que no se tragan
los sapos del poder, con o sin pan,
las que se hacen la prueba de la rana
y el príncipe no tiembla como un flan.

Bienaventurados los que se controlan
y no montan un taco por segundo.
Bienaventurados los que no enarbolan
banderas que no sean de este mundo.

Bienaventurados los del culo prieto
porque ya no les caben más mentiras.
Ellos encontrarán, tal vez sus nietos,
soluciones y más alternativas.

Bienaventurados los que no se dejan
manipular por ratas de ración.
Bienaventurados los que no se quejan,
y muy bobos (las cosas como son).

UN METRO Y CINCO MINUTOS (aproximadamente)

UN METRO Y CINCO MINUTOS (aproximadamente)

Cada mañana se ponía en marcha a la misma hora. Su despertador tenía programadas dos alarmas separadas por un intervalo de cinco minutos. Le gustaba poder volverse a quedar dormido. Aprovechar esos incalculables cinco minutos de margen que se regalaba  amanecer, entre las alarmas 1 y 2, con prestidigitación y alegoría, para seguir ausente.

Se reconocía en el espejo, se duchaba, se cepillaba los dientes, se peinaba y se vestía. Tomaba un café con leche, de esos que las madres llaman «un café bebido», a veces ni eso, y salía a la calle a la carrera para coger el Metro.

Dependiendo de un margen de apenas segundos, al entrar en el vagón (en el caso de que lo lograra) había días que encontraba un asiento vacío en el que desmayarse y recomponerse. Otras, conseguía encontrar un hueco en las barras de sujeción, de las que colgar sus dedos. Ese milagroso espacio vacío que le permitía hacer el trayecto de pie y, sin embargo incómodo. En la mayoría de los casos viajaba empotrado entre dos o tres cuerpos extraños, que le aprisionaban y movían de un lado a otro, como un barco encallado entre rocas, como mecido por la marea, como atrapado por un agujero negro. Una marea humana, en tales circunstancias, sube y baja como la del mar pero con la Luna en Marte. En lo de los agujeros negros mejor ni entrar.

Había mañanas en las que, por un quítame allá ese ¿dónde habré puesto yo…?: El billete, la cartera, los nervios, los Donut`s, la dignidad o la cabeza»perdía el tren y, con él: Las ganas, el humor, la paciencia, el trabajo, la compostura y la misma cabeza de antes. Excepcionalmente, también llegaba el día en el que su despertador, ajeno a las fiestas de guardar, mantenía su rutina y le echaba de la cama plantándole, descompuesto y sin gloria, en un andén más desierto que el Congreso en tarde de enmiendas. Ese sin duda era un gran día de Metro.

 Y así era su vida, en realidad así es la vida de todos. Una vida basada en que unas veces llegas con tiempo de sobra, otras te agarras a lo que sobresalga, otras te sientas donde menos lo esperan, otras te sienten cuando más desesperas, otras te empujan, otras te agobian, otras te pierden, otras te encuentras, otras entras o sales ganando o perdiendo, otras no alcanzas a entender nada, ni a nadie y, otras, cualquier absurda putada, cualquier bendito despiste, se convierte en una inesperada fiesta o en un trayecto tranquilo, pero sin prisa. 

La vida te lleva y te trae, te acerca y te aleja, te sube y te baja, te mece y te rompe pero, al igual que el despertador, la vida cada mañana te pone en hora, te levanta, te ducha, te peina, te viste y, por obra y gracia de las alarmas, te permite dormir otros cinco minutos más. Cinco insignificantes minutos, lejos de las rocas, de la gente, de los andenes, de los rubores, de la rutina, del espejo, de las perchas del armario, de las enmiendas, del Metro, de las mareas y de los agujeros negros. 

Esos cinco minutos robados al tiempo son nuestro vagón de metro vacío, en hora punta.

(Donde no haya metro léase: tren de cercanías, autobús urbano, acera abarrotada, inauguración de Primark o espacio con o sin humo)

SUTILEZAS

SUTILEZAS

Recuerdo que, en una ocasión, Angel Casas entrevistó a Bo Dereck en su programa de televisión y le formuló una pregunta de la siguiente manera: «Dicen que usted hace el amor como los hombres primitivos ¿nos podía decir cómo hacen el amor los hombres primitivos?» La respuesta, que fue seguramente una larga cambiada de dulce y oro, es lo de menos. Ya no se lleva ese matrimonio por lo sutil. Como decía el chiste: -¿Por ignorancia o por falta de interés? -Ni lo sé, ni me importa.

Pero sí lo sabemos. En los tiempos que corren, prima más un buen rejonazo y después «ni te he visto ni me acuerdo», que una velada insinuación o crítica inteligente, posiblemente más intensa que cualquier insulto o salida de tono.

Hoy se lleva decir las cosas con una sinceridad y una vehemencia que ralla el pan de picos. El arte de lo sutil ha dado paso a helarte de lo incivil. Hay dos maneras de abrir una botella de vino: golpeando su cuello contra la barra o con el delicado hacer y deshacer de un sacacorchos.

Algunos diccionarios definen la ironía como una burla sutil. Yo prefiero no usarla como tal sino más bien como un juego. Para zaherir ya está el sarcasmo. Es verdad que no todo el mundo es capaz de captarla pero, no es menos cierto que también ese Punto tiene algo de G.  El ingenuo suele ser presa fácil para el ingenio.

Dicho lo cual considero que la manera más sutil de: decir, comunicar, preguntar, dialogar o criticar, se llama buena educación.

HIPÓCRITAS

El hipócrita no deja de ser un mentiroso, un falso, un impostor, un mojigato… Están desde los que ejercen sin reparos ese papel, que va de la simulación al disimulo, hasta los que, en otra categoría más patética si cabe, se permiten el lujo y la desfachatez de experimentar remordimientos de conciencia. A estos se les podría catalogar de  hipócritas en defensa propia y suelen ser consumidores habituales de manuales de autoengaño.

El hipócrita es aquel que se levanta en armas contra la guerra, o  se manifiesta contra la violencia a puñetazo limpio, gritando consignas que escandalizarían a un sargento de los marines.

El hipócrita tiene un amante en privado y una cruzada en público contra el adulterio. Es ese individuo (o individua) que predica con un ejemplo que, no sólo no practica, sino que trata de imponer a los demás. Una joya, vamos (como una olla).

No confundir la hipocresía con la doble moral, esa que lleva a un creyente a comulgar antes y después de abortar en Londres. Hipócrita también lo sería si, para colmo de males, hace lo imposible para impedir que interrumpa su embarazo la vecina de arriba.

El debate sobre la eutanasia siempre ha sido también terreno abonado para la hipocresía. Una de sus cadenas de montaje. Hay decisiones en las que nadie debería tener derecho a meterse y mucho menos a entrometerse. Nadie está en posesión de la verdad. Frente a tantas sensibilidades se impone la libertad individual, la opinión de los expertos y el sentido común. Y lo dice uno que se muere por vivir.

Hay cuestiones (vitales o no) que necesitarían de un  consenso institucional para equís años, bastantes, el tiempo, el uso, las costumbres puntuales y el progreso lo dirían. Así nos evitaríamos el ridículo espectáculo de tener que asistir cada cuatro años a cambiarlo todo en función de quien gobierne: La educación, el sistema, algunas leyes de usar y tirar, la Constitución (eso lo que sería es un milagro) y hasta diez o más cuestiones fundamentales para la convivencia, el bienestar, la paz social y la salud mental del país.

A diferencia de El perro del hortelano, el hipócrita come, pero no deja comer. Pocas cosas indignan más que, el poder, en cualquiera de sus manifestaciones, caiga en manos de un hipócrita. (Aunque, tal y como está el patio, es igual de peligroso que caiga en manos de cualquiera, asesores e iluminados incluidos)

Lástima no saber desenmascararles a tiempo pero, sobre todo, lástima de que no se les caigan las caras de vergüenza. 

INDEPENDIENTEMENTE

Si pudiera, a mi también me gustaría ser independiente. Comprendo a los catalanes que quieren serlo pero, a diferencia de algunos, también me pongo en la piel de sus vecinos que prefieren seguir formando parte de España (o como se llame ahora).

No me mueve ningún dios para querer un cielo. No tengo más patria que este pequeño mundo sin fronteras. No me mueve el viento que agita banderas, ni tengo más himno que cualquier canción pero, sí me esfuerzo por entenderlo todo, aunque a veces muera un poco en el intento.

Me gusta viajar y comprobar de primera mano las diferencias que nos separan, que suelen ser las mismas que siempre nos han unido. Cuando voy a Cataluña, al País Vasco, a Galicia, a Canarias (estos si que tienen motivos para ser lo que quieran, aunque sólo sea por la lejanía) a Andalucía o a Asturias, veo países distintos: Otras costumbres, otras lenguas, otras sensibilidades, otras formas y razones de ser y de estar, y percibo la sensación de que, de alguna manera, ya son independientes o así les siento yo. Yo les veo así. Pero sobre todo, cuando miro a mi alrededor, lo que veo es gente, pero no ese ente abstracto sin corazón ni cerebro. Cuando digo gente, me refiero a personas contadas de una en una. Cada cual con su historia, con su histeria, con sus problemas, con su presente, con su pasado, con sus muertos y con sus vivos. Veo a personas preocupadas y ocupadas por su futuro. Veo como son arrastradas, por unos y por otros (tanto me da) a lugares a los que jamás se imaginaron querer ir. Veo que no hay nada más innecesario que un capricho. Veo que tendemos a meter a todo el mundo en el mismo saco y que, el saco, hace tiempo que colgó el cartel de No Hay Billetes.

Claro que entiendo a los catalanes que no quieren saber nada del resto. Si preguntaran, sabrían que, ese resto que les parece marciano, también está enfrentado: al político corrupto, al canalla, al tonto sin complejos, al descerebrado, a la injusticia, a la discriminación, a la insolidaridad, al mal trato, al recaudador de impuestos y al que asó mal la manteca. En definitiva, a todo lo que cualquier persona de bien rechaza, sin necesidad de hacer lo imposible por conseguir lo innecesario. 

Peor que saberse manipulado es no darse cuenta de que del capullo intransigente lo que nacen son marionetas. Hay túneles que tienen poca luz para tanto iluminado como hay.

Y claro que entiendo a los que ésta situación les pone los nervios a punto de nieve. Todo el mundo tiene derecho a defenderse, a ofenderse y a querer tener razón. Lo que es absurdo es escupir hacia arriba o no saber que cualquier tiempo pasado fue anterior.

Sea como fuere, los que de verdad me preocupan, los que acaparan toda mi atención, son los que ya tienen bastante con querer y poder vivir su vida con independencia. Los que, sin más ambición que sobrevivir a este eclipse de estrellas fugaces, piensan que, con la que está cayendo; lo de Mas, es lo de menos.