SIN COMENTARIOS

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Supongamos que un día te levantas, haces las tareas propias de tu seso (o sea, poca cosa) y en un arrebato de mal genio te cabreas contigo mismo. El motivo es lo de menos. No importa que te hayas afeitado con el cepillo de dientes, maquillado con los polvos de talco o abrasado con el agua fría, que en la radio guarden silencio, que haga un frío puerros (en crema templada con picatostes al aroma de menta poleo) o que se te haya caído al suelo la tostada por el lado por el que sueles untar la mantequilla, de canto.

En los tiempos que corren, que se arrastran, cualquier hoyo es trinchera para montar un pollo o ponerse a dar gritos como un poseso. Pues eso. Supongamos que en ese estado de cabreo supino, sin motivo aparente y harto de tu propio tú, decidieras largarte de casa dando un portazo, sin avisar, sin ti. Así, por las malas.

Quizá, de entrada, le restarías importancia a tamaña gilipollez pero, de salida, te darías cuenta de que, aunque en teoría uno no puede vivir «sinsigo mismo», ni ir por ahí desdoblado y disgustado por un quítame allá esas fajas, la cosa podría tener otras lecturas y ser un alma de doble filo. Así que, te pones lo primero que tienes a mano (una toalla de baño recién exprimida) y te lanzas a la calle a buscarte para ponerte de acuerdo en qué es mejor para ambos. Como sucede en estos casos, cuando piensas que estás a punto de darte alcance, te quedas con un palmo de narices viendo como, tu otro tú, das un salto y te aleja montado en el techo de un descapotable.

De pie sobre la acera, semidesnudo, objeto de las miradas de propios y extraños, decides volver sobre tus pasos y dejar de hacer el ridículo sin cobrar la entrada.

Entras en el portal por la gatera. Subes en el ascensor junto a la pareja de abuelos que vive en el Bajo D y lo que parece un perro, y piensas que, bien pensado, poder disfrutar de un rato sin saber de ti, no es tan mala idea.

Ya en tu piso, desnudo del todo, te dispones a pasar lo que queda del día, o vaya usted a saber, sin tener que preocuparte por el qué dirás.

*A veces, lo bueno de lo malo es lo malo de lo bueno y viceversa (y se non è vero, è ben trovato»).

MI PIE IZQUIERDO

MI PIE IZQUIERDO

Tengo un problema con mi pie izquierdo. Se empeña en ser el primero en saltar de la cama y yo, que no soy supersticioso porque da mala suerte, me esfuerzo en llevarle la contraria, o el contrario.

La cuestión es que, dado que amanezco boca arriba y duermo en el lado izquierdo de la cama, hacerlo con el pie derecho desde esas longitudes, me crea más retortijones de columna de lo que una espalda está dispuesta a soportar. Me da a mí que, las vértebras verticales, son demasiado suyas como para parecer tan nuestras.

Lo primero que hay que hacer para intentar levantarse con buen pie cada mañana, es refrenar ese impulso involuntario de abandonar de cualquier manera el colchón y precipitarse a ese abismo de baldosas o parqué que nos rodea. Se debe tener en cuenta que, la intensidad del despertar es directamente proporcional al volumen al que esté puesto el despertador, elevado a la profundidad del sueño.

A continuación, a pesar del pánico y de tener los globos oculares a punto de nieve, se hace necesario luchar con uñas y dientes, a ser posible aún dentro de la boca (los dientes, no las uñas), por distinguir la izquierda de la derecha, como hacen los votantes indecisos. Es en ese instante, una vez incorporado, cuando se debe girar el cuerpo sobre las nalgas y situarse con las extremidades inferiores colgando del borde de la cama, dispuesto a darlo todo por mantener una postura digna ante la vida, algo que se consigue a duras piernas. Y ahí está el problema, mi pie izquierdo tira de mi descarnadamente, con la intención de ser lo primero en posarse sobre el frío suelo (las zapatillas, como el papel higiénico, nunca están cuando más las necesitas). Es el instante de imponerse, de tomar el control del culo y apretarlo como si no hubiera un ayer.

A nadie le gusta empezar el día con mal pie, a mí, particularmente, no me gusta empezar el día con ninguno (donde esté una buena cama que se quite el fútbol), sin embargo, ya que no se puede elegir, las cosas de andar por casa, no deberían ser tan complicadas.

Demasiada tensión para un simple «levántate y anda». Seguro que Lázaro ni se lo planteó, dadas sus circunstancias.

Nadie nos advierte de lo difícil que es ponerse en pie, cuando ese pie no debe ser, dicen los puristas, el del lado izquierdo de tu cuerpo, según se mire.

QUEDA LA RADIO

QUEDA LA RADIO

De las voces queda el eco.

De los guiños las miradas.

De la realidad un fleco

hecho con polvo de hadas.

De la soledad el frío.

Del río queda la mar.

Del destino un albedrío

difícil de controlar.

Quedan cenizas del humo.

Del humor las carcajadas,

De las palabras un zumo

de frases medio olvidadas.

Del amor queda el intento.

De la pasión el deseo,

Del adiós un mal momento.

De la verdad un cameo..

Del ayer quedan las ganas

de dejar de estar herido.

Hoy que la radio es mañana,

que nos quiten lo emitido.

📻

EL TIEMPO ES PORO

EL TIEMPO ES PORO

En cuestión de tiempo a cada uno le funciona el reloj de la cabeza de manera diferente.

Cuando hay poco trabajo el tiempo se eterniza. Cuando no paras, el tiempo se pasa volando (salvo en el cine, que se pasa rodando; en misa, que se pasa rogando; o aparcando junto a una columna, que se pasa rozando). Cuando no hay trabajo dan ganas de matarlo.

De noche, las horas van a mil por ídem si estás a gusto, pero no ves el momento de que amanezca si estás de guardia.

Nunca fue fácil calcular de memoria lo que dura un minuto. El tiempo es sugestión y tu gestión.

Los días son demasiado cortos para lo largos que se hacen. Los años son eternos pero los devoramos como bolsas de pipas.

Lo cierto es que nos pasamos la vida deseando que llegue un instante en el tiempo: el fin de semana, las vacaciones, la hora de salida, la pausa de llegada, el descanso del partido, el vis concierto, el final del desconcierto, la hora de la verdad… sin darnos cuenta de que, esperar a que lleguen, es en sí misma una pérdida de tiempo.

Visto así, no es extraño que pretendamos que el futuro nos lo tengan terminado para antes de ayer.

A CUENTO

A CUENTO

Está el cuento del calendario que solo tenía de un mes y no tenía vuelta de hoja. El de la ola que se negó a volver al mar y se quedó atrincherada en el foso de un castillo de arena. El del rayo de sol que quería ser de luna, pero se iba a la cama antes de tiempo. El cuento del camino de ida, que deseaba ser de vuelta, porque había olvidado el lugar del que venía. El del árbol que no crecía porque dormía como un tronco. El cuento de aquel pez que no sabía nadar y andaba bastante escamado o el de la pesadilla que padecía insomnio y pasaba las noches en blanco. El cuento de la llama que estaba a dos velas. El de la princesa que se enamoró de su doncella y el del príncipe que tuvo un percance con una rama. Hay cuentos inverosímiles, de difícil explicación, tan reales como los que nos cuentan a diario sin venir a cuento.

¿EN QUÉ PIENSAS?

¿EN QUÉ PIENSAS?

La pregunta más difícil de responder es la que te hacen en ese instante impenetrable en el que el vacío te desborda y, la telaraña de la esquina del techo, te guiña un ojo desde su escondite, cómplice de tu mirada perdida y tu silencio sonoro.

–¿En qué piensas?–

Entonces es cuando, con las neuronas desarmadas, la pregunta atraviesa tu cabeza como una bala de fogueo, como una apisonadora en un cementerio de elefantes, llevándose por delante tu capacidad de reacción.

Así las cosas, tu boca balbucea una respuesta que puede llegar a ser peor que la pregunta.

–En nada–.

Mentira, pero, cómo confesar que en realidad te estabas comunicando por guiños con la araña del salón, o con el descorchón de la pared, o con la luz que juguetea con el cristal de la ventana y se va por las ramas del árbol plantado en tu acera.

Cómo responder a esa pregunta, diciendo que estabas pensando en algo que no le gustaría oír a tu curioso interlocutor o, que le ilusionaría tanto, como para preferir quedarte ensimismado en esa nada tan tuya.

En ese instante es cuando desearías ser una mosca, haber caído en su telaraña y terminar convertido en lo que ya pareces, un capullo, el capullo de una mosca cojonera.

INSTRUCCIONES PARA ESCRIBIR UN CUENTO

INSTRUCCIONES PARA ESCRIBIR UN CUENTO

Un frustrado dragón con dos cabezas.

Un verdugo de ángeles caídos.

Cenicienta, sin aires de princesa,

que antes de las doce se haya ido.

Un castillo en el aire, fortaleza

de un rey atolondrado y malherido.

Un laberinto recto de una pieza

y una bruja y un mago confundidos.

Se podría añadir, si se quisiera,

un hada con un palmo de narices

para que cada uno, a su manera,

le diera calabazas. Dos matices:

que el “Erase una vez” nunca lo fuera

y que no estén en veda las perdices.

DESEO

DESEO

Que ni el amor ni el odio te maltraten.

Que nunca tengas nada que temer.

Que si escuchas de pronto ¡jaque mate!

que sea por jugar al ajedrez.

Que no se pare el mundo de un frenazo

sin tener abrochado el cinturón.

Que no te cierren nunca de un portazo

la puerta giratoria del amor.

Que te den la razón como a los listos.

Que te quiten la venda de los ojos.

Que no se borren nunca tus antojos.

Que empieces a prever los imprevistos.

Que despierten clavándose la aguja

los príncipes del reino de las ruecas.

Que se traguen la escoba de la bruja

y se vayan, de paso, a hacer puñetas.

Que el viento de poniente no levante.

Que el tiempo de occidente se decida.

Que no nos den un toque por el cante

de clausurar la entrada y la salida.

Que implanten un cerebro a los violentos.

Que el sexo sea siempre con(sentido).

Que el miedo no te obligue al desacierto

de preferir lo malo conocido.

Que el trato no confunda las señales.

Que el humor alimente la ironía.

Que el dolor no sea colmo de los males.

Que el deshonor no siga estando al día.

Que no tengas en cuenta a los idiotas.

Que los idiotas no salgan de cuentas.

Que los reyes se rindan a las sotas.

Que los ases no tengan que ir a tientas.

Que la ciudad sea un campo de terrazas

Que el alma no sea el cuerpo de delito.

Que le cosan la boca a los bocazas.

Que ser de otro sabor huela bonito.

Que no vendan tristeza en las rebajas.

Que se cumplan los sueños sin azar.

Que si no quieres caldo falten tazas.

Que si la vida es río, tú seas mar.

PEROS EN LA LENGUA

PEROS EN LA LENGUA

Esta es la España del «pero»,
con razón o sin razón,
con dinero o sin dinero,
con o sin «poro-pom-pon».

Todo encuentra un lado oscuro,
una segunda opinión,
un Dar Vader, cien conjuros
(que unos pican y otros non).

La realidad tiene truco
y un alma conspiradora.
Ni los relojes de cuco
se asoman, según qué hora.

Cuando las cosas van mal
Don Pero enseña los dientes,
Si van bien, o medio tal,
navega a contracorriente.

El mal, que cien años dura,
se ha instalado, con papeles,
en esta España sin cura
pero mogollón de fieles.

Casi nada nos consuela.
Hemos perdido la fe,
la confianza y las suelas
de tanto echar a correr.

Aquí se nos junta el «pero»
con el poro y con el paro.
Lo barato sale caro
e impera el «poro-pom-pero»

Que estamos desencajados
entre peros y peritos,
lo saben los más pintados.
Y también dos huevos fritos.

¿QUIÉN?

¿QUIÉN?

¿Quién no se ha comido una esquina tratando de decidir, en una décima de segundo, si tomar la acera de la derecha o la de la izquierda?

¿Quién no ha salido a correr un día y no ha vuelto en taxi?

¿Quién no da la razón por instinto de supervivencia?

¿Quién no le teme a nada, ni siquiera a nadie?

¿Quién no tiene un quicio inconfesable?

¿Quién no ha estado alguna vez a punto de tirarse por la ventana de un edificio sin ellas?

¿Quién no conoce personalmente a su asesino en serie?

¿Quién no desconoce impersonalmente a su pareja en serio?

¿Quién se arriesga a darlo todo a cambio de rabia?

¿Quién no ha subido alguna vez al sótano?

¿Quién no se ha creído que es lo que los demás piensan de él?

¿Quién, estando frito, no ha tenido pesadillas que se muerden la cola?

¿Quién se considera infalible y está harto de ser guapo, salir en la tele, mear colonia y acostarse solo?

¿Quién no tiene un rumor en cada huerto?

¿Quién no le aplica a todo, todo lo que hay que aplicarle?

¿Quién osa usar palabras en desuso?

Pues eso digo yo ¿QUIÉN?