Tengo un problema con mi pie izquierdo. Se empeña en ser el primero en saltar de la cama y yo, que no soy supersticioso porque da mala suerte, me esfuerzo en llevarle la contraria, o el contrario.

La cuestión es que, dado que amanezco boca arriba y duermo en el lado izquierdo de la cama, hacerlo con el pie derecho desde esas longitudes, me crea más retortijones de columna de lo que una espalda está dispuesta a soportar. Me da a mí que, las vértebras verticales, son demasiado suyas como para parecer tan nuestras.

Lo primero que hay que hacer para intentar levantarse con buen pie cada mañana, es refrenar ese impulso involuntario de abandonar de cualquier manera el colchón y precipitarse a ese abismo de baldosas o parqué que nos rodea. Se debe tener en cuenta que, la intensidad del despertar es directamente proporcional al volumen al que esté puesto el despertador, elevado a la profundidad del sueño.

A continuación, a pesar del pánico y de tener los globos oculares a punto de nieve, se hace necesario luchar con uñas y dientes, a ser posible aún dentro de la boca (los dientes, no las uñas), por distinguir la izquierda de la derecha, como hacen los votantes indecisos. Es en ese instante, una vez incorporado, cuando se debe girar el cuerpo sobre las nalgas y situarse con las extremidades inferiores colgando del borde de la cama, dispuesto a darlo todo por mantener una postura digna ante la vida, algo que se consigue a duras piernas. Y ahí está el problema, mi pie izquierdo tira de mi descarnadamente, con la intención de ser lo primero en posarse sobre el frío suelo (las zapatillas, como el papel higiénico, nunca están cuando más las necesitas). Es el instante de imponerse, de tomar el control del culo y apretarlo como si no hubiera un ayer.

A nadie le gusta empezar el día con mal pie, a mí, particularmente, no me gusta empezar el día con ninguno (donde esté una buena cama que se quite el fútbol), sin embargo, ya que no se puede elegir, las cosas de andar por casa, no deberían ser tan complicadas.

Demasiada tensión para un simple “levántate y anda”. Seguro que Lázaro ni se lo planteó, dadas sus circunstancias.

Nadie nos advierte de lo difícil que es ponerse en pie, cuando ese pie no debe ser, dicen los puristas, el del lado izquierdo de tu cuerpo, según se mire.

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