MIRA

MIRA

No me importa vivir

entre cuatro paredes,

así puedo esconderme cada noche

en un rincón distinto

de mí mismo.

Los habrá que prefieran

asomarse a la calle

y exhibirse desnudos,

sin miedo a lo que opine

el cretino de enfrente.

Por amor al arte.

sin temor a helarse.

Habrá otros que opten

por vestirse de niebla

temiendo que levante.

Cada cual se desvive

al borde del peligro

en el que más a salvo se siente.

Hace en privado cosas

que no quiere airear,

celoso de sí mismo,

receloso del resto.

Cada uno es muy libre de sentirse,

si se da la ocasión,

una persona diferente,

dependiendo del lugar,

de las circunstancias,

o de las copas consumidas.

Cada mente se precipita como

gusta, a ese abismo tan íntimo,

en primera persona.

Casi todos llevamos dentro

un exhibicionista dentro

luchando por salir.

No estará de más,

llegado el caso, y el acoso,

que dejaran en paz la desnudez,

por tanto, de tocarnos los pezones,

los cada vez más rancios

“gilhipócritas”.

POR QUERER QUE NO QUEDE

POR QUERER QUE NO QUEDE

Quisiera ser un rayo

que queme tus rastrojos.

El viento que desnude

tu cuerpo de hojarasca.

Desenredar el brillo de tu ausencia

y hacer tiras de luz

sobre mi cuerpo.

Beberte como lluvia inesperada

a la que sales a empaparte entera.

Hacerte guiño,

viento de palmera,

nudo de hamaca,

siesta de verano.

Quisiera ser un siempre

como nunca.

La página final de esa novela

que no quieres que pase,

por si acaso

no fuera ese final

el que esperabas.

Quisiera ser

tu mano entre tus piernas.

Tu humedad absoluta y relativa.

El ojo agazapado

en la oxidada cerradura del desván,

en el que sé que escondes

lo que de mí pretendes.

BANDAZOS

BANDAZOS

Caminaban muy juntos, como si fuesen uno, disfrazados de barrio, confundidos de acera. Firmemente abrazados, entremezclados casi, escondiendo sus manos en “vaya usted a sobar”.

Por dentro de sus ropas, sus manos y sus dedos traspasaban fronteras, se tocaban a ciegas sin nada que esconder. Desnudos de miedo, aislados del mundo.

Se arrancaban por dentro susurros y caricias. Al abrigo de sus abrigos, al borde de la noche, cargados de una pasión irracional y en bruto. Sin importarles las miradas ni los ojos abiertos de las ventanas con luz.

Llovía sutilmente, como si no quisiera, como si no existieran. Se amaban lentamente como si no supieran, igual que uno imagina por primera vez lo que nunca ha sentido.

Iban dando bandazos, esquivando baldosas, centrados en no darse de bruces contra la realidad, ni contra ningún pico del mobiliario urbano.

Su reflejo en el agua iba de un charco a otro y encendía la noche como un sueño a traición.

No me cabe duda de que estaban engañando a alguien. Esas cosas se notan. No hay pareja estable que se arriesgue tanto, que se exhiba tanto escondida en sí misma.

No me atreví a seguirles cuando, al doblar la esquina, enfilaron una calle en penumbra sembrada de portales. De esas en las que las farolas te espían de reojo, en las que las sombras se ponen en tu lugar.

Seguí mi camino, aunque puedo imaginar cómo acabaron.

Con lo calientes y distraídos que iban, ebrios de alcohol y fuego, lo más probable es que se quedasen dormidos, después de comerse a besos, de beberse el aire sin descanso, en el asiento de atrás del horizonte.

Amanecía. Y yo con estos celos.

AL DESNUDO

AL DESNUDO

Saca las llaves del bolsillo de su abrigo, del bolsillo izquierdo para ser más exactos (en el bolsillo de la derecha solo tiene un siete con un pozo sin fondo, al fondo a la derecha, siempre lleno).

Abre el cierre. Entra por la puerta (suele ser lo habitual).

Empuja una de las hojas de madera y cristal y da las luces de su estudio.

Hay tantos cuadros apilados en el suelo que algunos están que se suben por las paredes (colgados, aunque menos que él).

Enciende el ventilador.

Se pone un güisqui, sin hielo, sin nadie, sin ganas.

Se despoja de la ropa y los complejos.

Toma asiento en una silla medio cómoda y mira, de abajo arriba el lienzo en blanco que, asomado al caballete, le desafía.

Elige los pinceles, los colores…

Estrena una paleta desechable.

Enciende la radio. Apaga la mente.

Encierra en el baño la mala leche (desechable también) y se dispone a enredar, a desenredarse.

Está en el único lugar donde siente que pinta algo, donde sabe que cuadra.

Empapado en sudor y desnudo de cintura para arriba y para abajo se deja llevar por la corriente.

Pinta al desnudo vestido de mar.

Mi modelo a seguir.

https://www.instagram.com/taboadart

LA CIUDAD DE LAS PRIMERAS PIEDRAS

LA CIUDAD DE LAS PRIMERAS PIEDRAS

Tuve en mi mano la llave de la ciudad de las primeras piedras.

Una llave de paso que no abre cerraduras.

Inútil como un reloj de luna.

Gastada y oxidada y, sin embargo,

algo sentí al tocarla.

(Volví a la primavera de las cosas.

A mi primer amor sin ataduras.

A clavarme la espina sin su rosa.

Al tacto de una piel sin armadura.

Recordé la inocencia necesaria

que permite dar forma a la utopía

y la fascinación extraordinaria

de confundir tu boca con la mía.

Recuperé la luna enrojecida.

El sol de madrugada en las

canciones.

Mi caja de sorpresas escondida.

Volví a encontrar el as de corazones

en la manga que cubre las heridas

de un tiempo saturado de

estaciones)

Pude oír su silencio bajo el suelo.

Pude sentir el frío de la duda y recorrer el tiempo detenido como una cuenta atrás con borrón nuevo.

Los comienzos son sumamente duros.

Sobre todo, saber por qué regresas.

La razón de ese esfuerzo innecesario para volver al punto de partida sin deshacer maletas y equipajes.

Volví de nuevo al tacto de la piedra

que nunca deja huella bajo el suelo.

PD. Y hoy, a años luz de mi memoria, quiero volver a vivirlo todo de nuevo.

CON DOS OVARIOS

CON DOS OVARIOS

Sola.

Porque sí.

Porque te gusta.

Porque no te queda otra.

Porque vuelves a casa.

Porque quieres.

Porque debes poder.

Porque más vale sola

que mal acompañada.

Porque sobran motivos.

Porque a nadie le importa.

Sola como pueda ir cualquiera…

pero,

abrazada al miedo

por el hecho de ser mujer

y salir sola.

Un asqueroso miedo

que nadie se merece,

que siempre anda detrás

tocando los tacones.

No.

No se sale a la calle

teniendo que llevar,

escondido en la manga,

un mapa actualizado de trincheras.

No.

No se trata de salir a una guerra

a luchar en batallas perdidas de

antemano.

No se sale para hacer un breve

recorrido,

vestida de naranja y esposada,

por el corredor de una muerte

caprichosa,

por el callejón de la mala suerte,

por un territorio meado por una

bestia inmunda,

violador, un delincuente,

un asesino.

un maldito cabrón,

hablando en lata.

No.

No se pisa la calle,

por muy sola que vayas,

a deslucir lo oscuro,

a descontar farolas,

a soportar el ruido

de la intrigante silueta

que de repente asoma.

Siento vergüenza ajena

de esos hombres escombro

que, ciegos de irracional deseo

y ancestralmente equivocados,

no son más que cenizas

de una pira de mierda

mal quemada.

Y tú,

mientras tanto,

entre tanto tonto,

temiendo volver sola.

LA VOZ QUE ME ACARICIA

LA VOZ QUE ME ACARICIA

La voz que me acaricia

y no me toca,

que tanto me desea

y tanto quiere:

me da besos que no saben a nada,

me abraza con verdades de mentira,

me susurra al oído lo que sueña,

lo que quiere de mí

sin querer nada.

Es dueña de mis actos

y mis noches,

de mi cama vacía,

de mis cinco sentidos,

de mis manos.

Se desnuda despacio,

gime,

suspira,

muerde,

se desgarra,

se silencia,

se escucha,

desvaría.

Me quita las palabras de la boca,

deja un rastro de mí

sobre la almohada.

La voz que me acaricia

y no me toca

sabe que estoy despierto

a cualquier hora,

que espero su llamada

en esta habitación

donde sobran paredes

cuando faltan abrazos.

Donde faltan palabras

cuando sobran deseos.

NINGÚN INTERÉS

NINGÚN INTERÉS

No quiero ser bandera,

ni himno, ni frontera,

ni valla, ni trinchera,

ni beso de ración.

No ansío ser tu patria,

ni una nación siquiera,

ni un régimen cualquiera,

tu fe ni religión.

No ser una de arena,

tu llamada perdida,

el punto del final,

la obsesión que te ata,

la carne de tu verbo.

el dulce de esa sal.

No quiero ser, ni atado,

ni camisa de fuerza,

la sombra de tu almohada,

ni una estatua de sal,

la cama de tu celda,

mentira ni verdad.

Si acaso, una quimera,

un hueco de escalera,

un verso que tuviera

de todo lo anterior.

VISIÓN CUMPLIDA

VISIÓN CUMPLIDA

Esta fue la previsión meteoro ilógica que el pasado domingo, como cada domingo, le hice a los oyentes de Noticias Domingo Noche de Onda Cero, informativo que dirige y presenta Laura Gil.

«Amenaza tormenta. Cada tarde, En cada cielo. A cada cual.

Cielos grises marengo con vocación de capa desatada. Nubes que surgen de la nada y lo nublan todo. Rayos que tocan fondo y anuncian truenos. Truenos que estremecen y confunden su ruido con tu eco.

Amenaza tormenta por fuera y por dentro.

Nos queda la esperanza de que el sol asome por debajo de las nubes antes de irse a la cama y convierta en oro todo lo que bañe, el consuelo de que se deje sentir ese frescor que el ánimo agradece. El campo se repintará de verde, olerá a primavera en blanco y negro y a tierra mojada, que es con lo que sueña el deseo cuando encuentra besos sin dar por todas partes.

Amenaza tormenta. Tormentas de verano desmayadas.

Y hasta aquí puedo prever».

SEÑALES

SEÑALES

Muchas veces enviamos señales que no se corresponden con nuestro estado de desánimo. Ánimo que ni siquiera suele estar a la altura de nuestra capacidad para enviar señales.

Ocultamos nuestro lado más gris oscuro, casi negro, para que nadie note que sufrimos, y mucho menos, los que más necesitan escuchar el sonido de nuestros cascabeles.

La tristeza, la depresión, la desgana… se contagian como se contagia la gripe. De manera más lenta, más prolongada, con menos tos.

Debería ser parte del trato, interesarse de vez en cuando, por saber si las personas con las que convivimos a diario están a gusto, ya sea en el trabajo, en la familia, en la pareja, en nuestro círculo de amigos, en la vida en general y en el sin vivir en particular.

¿Quién anima al animador? ¿Quién consuela al que consuela? ¿Quién sabe lo que nos pasa o si nos pasa? ¿Alguien entiende y atiende las señales?

La frialdad, el desinterés o la inhibición consciente de lo que se supone es una responsabilidad o un gesto humanitario, conducen al remordimiento cuando ya es demasiado tarde y, por lo tanto, inútil.