Muchas veces enviamos señales que no se corresponden con nuestro estado de desánimo. Ánimo que ni siquiera suele estar a la altura de nuestra capacidad para enviar señales.

Ocultamos nuestro lado más gris oscuro, casi negro, para que nadie note que sufrimos, y mucho menos, los que más necesitan escuchar el sonido de nuestros cascabeles.

La tristeza, la depresión, la desgana… se contagian como se contagia la gripe. De manera más lenta, más prolongada, con menos tos.

Debería ser parte del trato, interesarse de vez en cuando, por saber si las personas con las que convivimos a diario están a gusto, ya sea en el trabajo, en la familia, en la pareja, en nuestro círculo de amigos, en la vida en general y en el sin vivir en particular.

¿Quién anima al animador? ¿Quién consuela al que consuela? ¿Quién sabe lo que nos pasa o si nos pasa? ¿Alguien entiende y atiende las señales?

La frialdad, el desinterés o la inhibición consciente de lo que se supone es una responsabilidad o un gesto humanitario, conducen al remordimiento cuando ya es demasiado tarde y, por lo tanto, inútil.

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