Una vez arbitrado el apriorismo
que pueda resultar más efectivo
para crear un caldo de cultivo
con el que controlar el alarmismo,
siempre con un enfoque positivo,
habrá que promover un mecanismo
que valga de acicate y de reactivo
y aborde en una mesa el objetivo
de frenar, de momento, el cataclismo
de encontrarle a los otros un castigo.
Se deben conseguir, sin más tardanza,
consensos que estimulen la manera
de perseguir, conciertos y alianzas,
que tiendan a servir de lanzadera
para recuperar la confianza.
Crear las comisiones necesarias
para aclarar del todo casi nada
y mantener reuniones ordinarias
en las que discutir cualquier chorrada
con cierto aire de sesión plenaria.
Hay que ponerse manos a la obra
y «contextualizar» pares con nones.
Disimular el «tente mientras cobras»
e intentar asumir ciertas funciones
sin que parezca que vendemos sobras.
Lograr que se mantenga consensuada
la solución al marco generado
por una decisión mal explicada
y entre nosotros, digámoslo claro,
que no parezca que no hacemos nada.
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VUELTA Y VUELTA
Hay que volver a las pequeñas cosas.
Al calor del abrazo desatado.
Al fresco laberinto de las rosas
con suavidad de raspa de pecado.
Hay que volver al beso que no dimos.
Al olor que nos sabe a hierbabuena.
A aquella noche en la que nos perdimos
y el día amaneció de luna llena.
Al lugar donde aprenden las mareas
que el mar no se desangra en cada ola.
Al azul que, en la llama de las velas,
se crece con el paso de las horas.
Hay que volver de donde nunca fuimos.
A contar las esquinas de la cama.
A la pasión de la que no salimos.
Al mudo tintineo de la llama.
Es bueno regresar a las entrañas
del viejo corazón que nos enseña
que, en el fuego en que cuecen las patrañas,
cualquier salto mortal puede ser leña.
Hay que volver al guiño de reojo
de un baile inesperado y clandestino.
Al rosa, anaranjado, casi rojo
del cielo de un deseo concedido.
A la gota de lluvia que se escurre
construyendo caminos de cristal.
Al punto donde al cielo se le ocurre
jugar a confundirnos con el mar.
Hay que volver a recorrer la acera
por la que se devoran las miradas.
Hay que recuperar la calavera,
las tibias, el valor y las andadas.
Hay que volver al rastro del camino.
A la ropa interior de las afueras.
Al lugar donde escriben el destino
a darle una lección al robaperas.
A escondernos detrás de los cristales
del asiento de atrás del infinito.
Hay que volver a hacer habituales
los silencios que saben dar un grito.
VISTO LO VISTO
Al retrato de esta España
sobre piel de pandereta,
le han pintado una guadaña
envuelta en una patraña
coronada con peineta.
Lo han cosido a navajazos
y pelillos a la mar,
con un pincel de mil trazos
al que le han puesto dos lazos
y un gintónic al azar.
Un retrato con paisaje,
a modo de bodegón,
donde sobra paisanaje,
una perdiz sin plumaje
y un huevo de corrupción.
En el cuadro compulsivo
de esta España con coleta,
junto al divino cautivo,
un San Nicolás esquivo
abarca pero no aprieta.
A la izquierda pueden ver
una multitud confusa.
A la derecha, el poder
y en el centro un a saber
en una montaña rusa.
Al fondo sombras y luces
bajo un sol enladrillado,
un monte con muchas cruces,
gente dándose de bruces
y tontos por todos lados.
De estilo remordimiento,
con un toque surrealista,
la obra es un sufrimiento
pintada sin fundamento
por un neo hiperrealista.
Este retrato sin cielo
huele mucho a hierba mala,
a galán de medio pelo,
a tocinillo de suelo
y a «obso…» eso, programada.
ESTO ES LO QUE… ¡AY!
El miedo vendiendo ira.
La usura comprando oro.
El mundo haciendo que gira.
La luna huyendo del toro.
Los pobres haciendo el pino.
La gota colmando el vaso.
La suerte perdiendo tino.
El alma durmiendo al raso.
Los tontos nublando el cielo.
Los listos haciendo el bobo.
El bien en huelga de celo.
El mal inflando su globo.
Los unos a sus manías.
Los otros a sus temores
y el resto, por «alegrías»,
llorando por los rincones.
Y mientras tanto el poder
haciendo ver que: ni puede,
ni quiere lo que hay que hacer.
Y es ahí donde nos duele.
El nudo apretando el cuello.
El “quién” buscando el “porqué”
De tanto lamer el sello
el sobre ya no da pie.
CONDENADOS
No se salvan de la quema
ni los nobles, ni los ricos,
ni los grandes, ni los chicos,
ni a las malas, ni a las buenas.
No se salvan del barullo
ni los cuerdos, ni los locos,
ni el que sigue a perogrullo,
ni el que nos da soplamocos.
No se salvan de follones
ni los que pagan el pato,
ni los que cobran millones,
ni los líderes, ni El Tato.
No se salvan de los gritos
ni los que imponen la pena,
ni los que cumplen condena,
ni los crudos ni los fritos.
No se salvan de la hoguera
ni el que reparte las cartas,
ni el que pinta la pancarta,
ni el que menos se lo espera.
No se salvan de la ira
ni el macarra con peineta,
ni la manzana podrida,
ni la princesa reineta.
No se salvan del derribo
ni los feos, ni los guapos,
ni los muertos, ni los vivos,
ni las ranas, ni los sapos.
No se salvan de la rueca
ni el hilo, ni Blancanieves,
ni aquel que asó la manteca,
ni los lunes, ni los jueves.
No se salvan del tormento:
–Mira qué bien y qué pronto–
le dijo la tonta al tonto,
ni el ciento veinte por ciento.




