Busquemos un quita penas
que no nos cueste dinero.
Aliviemos la faena
con cosas buenas. Pensemos,
por ejemplo, en lo barato
que sale lo que no quieres
si cuesta un huevo de pato.
Esos pequeños placeres
vividos en primer plano,
de la vida  y sus haberes,
bajo un sol que mete mano.
Pensemos en las castañas
que no nos vamos a dar.
En  esa ansiedad extraña  
de los besos por probar.
En el charco desbordado
que se congela y confita.
En el lustroso encerado
de un cielo azul que te incita.
Pensemos que lo que baja
en cualquier momento sube:
un ascensor, una caja
llena de zumo de nubes.
Las tinieblas, La marea, 
el polvo por conocer,
la sangre, las azoteas,
la falda del sin querer.
A veces hay que pararse.
beberse la vida a tragos.
Salir de uno, escaparse
ejercer de reyes vagos.
Mirar menos al pasado,
al presente y al futuro,
y más hacia el otro lado
donde no levanten muros.
Pensar no pensar en nada.
Estar a verlas crecer.
No palmar, como en las damas,
soplado por no comer.

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