Voy pisando las sombras,

escuchando los ecos,

la risa en los balcones,

esquivando en silencio el ruido de las luces.

Se han abierto las puertas de la noche cerrada

y la acera se arrastra bajo mis pies dormidos,

me hace correr tras ella como un gato

que busca un callejón donde purgarse.

Hay un rumor de cubos de basura.

Los charcos se deshacen de sus gotas,

y sin mediar motivo me salpican.

La niebla no levanta en mi cabeza.

Camino con el miedo en los talones,

con esa sensación de que te siguen

unos pasos perdidos que no sabes si vienen

o se alejan.

Los pasos que te siguen en la noche

son sólo el eco de tus propios pasos.

Las que están al acecho son las sombras.

Me cruzo con fantasmas en tacones

que me acosan por dentro, perdidos en mi niebla.

Cuando el asfalto pierde la memoria,

es más fácil la huida hacia adelante.

(Pasa el tiempo, la vida, pasa un coche,

pasa la soledad sin decir nada,

envuelta en un sutil traje de noche.

Pasa la libertad emancipada,

invitando a la vida a que derroche

la pasión que se pudre arrinconada.

Pasa el cielo, la lluvia y otro coche.

La luna como el filo de una espada

se clava en el cristal de tu ventana.

Suena de fondo una canción de cuna

y a lo lejos saluda la mañana.

Siento tu suavidad de piel de espuma,

pero he dado la vuelta a la manzana

y sigues sin cruzarte. No hay fortuna)

Desconfío de los escaparates

y miro de reojo mi reflejo.

Los maniquíes siempre dan la talla,

nunca dicen nada, nunca mienten.

Me miran y se ríen, escondidos detrás de los cristales,

tras esa cara oculta de las lunas.

No me gusta la piel de las estatuas,

su frialdad indultada,

y escalo por los pasos de peatones

para cruzar la calle como un río.

Persiguiendo farolas que andan lejos,

me alejo de mi mismo,

cada vez más deprisa, cada vez más extraño.

La ciudad es un túnel ventilado,

plagado de salidas de emergencia

que siempre están ocultas.

Hay luces de colores,

pálidas como un rostro.

En tales circunstancias

dan ganas de tocar el timbre de las puertas,

de reventar porteros automáticos en busca de respuestas.

Pero sólo hay preguntas:

¿Quién o qué estoy haciendo?

¿Por qué nunca me llama?

¿Por qué no voy sin más, sin más rodeos?

Justo cuando no queda tiempo que perder

me olvido de quién soy,

qué ando buscando.

He olvidado que ando.

Un perro ladra y se encara con la luna.

Me apuesto la mierda que he pisado

a que se hace preguntas.

Nadie contesta nunca.

Nunca hay nadie.

Intento limpiarme con un palo

la mierda que he pisado en un bordillo

y descubro que ahora no me llego

ni siquiera a la suela del zapato.

Los árboles se ríen,

no se andan por las ramas.

No se acaban las calles,

no termina la noche.

Ya no cuento baldosas, ni estelas de cometas.

Creo que estoy cansado.

Hay rincones inéditos que jamás había visto,

ni en mi vida paseada, ni en paseos de otros.

Harían falta cuarenta y doce vidas para saberlo todo,

para no olvidar nada.

¿Por qué seguir andando y tan seguido?

¿Quién quiere recordar lo que no importa?

¿Lo que tal vez no tenga más remedio?

De nuevo las preguntas.

De nuevo los ladridos.

Se me ha hecho un poco tarde,

creo que he conseguido despejarme

y me ha venido a cuento otro poema.

(pasopalabra)

De nuevo pasos, nada nuevo.

De nuevo risas, nada menos.

De nuevo miedo, nada bueno.

De nuevo yo.

Eso es que estoy de vuelta,

de vuelta a casa.

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