Cuando negro dijo que sí, blanco, más colorado que un gaznate, le contestó que -a buenas horas- y que -verdes las habían sesgado-.  

El futuro, de repente, apareció ante sus ojos de color gris (marengo para más señas).
Blanco siempre estaba que se subía por las paredes, negro, sin embargo, se quedaba agazapado en un rincón como una sombra. No le gustaba dejarse ver así como así, ni así.

Blanco no podía soportar que negro tuviera siempre una visión tan pesimista de la vida. Negro palidecía ante cualquier contratiempo pero, no se confundan, a negro por su parte, le ponía amarillo mostaza que blanco fuese siempre el idem de todas la miradas. Que lo viera todode color de rosa. Lo cierto es que no había color. 

Blanco y negro se habían conocido por casualidad una tarde en el bar, jugando al dominó y bebiendo carajillos. Fue la única ocasión en la que ambos tuvieron algo en común, aunque no dejaran de darse la espalda durante toda la partida. Era solo cuestión de puntos de vista.

Desde entonces hasta hoy se han pasado la vida echándose las cosas en cara, de paleta en paleta, de arco iris en arco iris, poniéndose de todos los colores. Uno piensa que es mejor que el otro. Blanco se escuda en que viste a la luna, negro presume de agujeros negros, blanco del día, negro de la noche. No terminan de comprender que sin la oscuridad no tendría sentido la luz y viceversa. Simple viceversa en blanco y negro.

Es más (véase la foto) la sombra de blanco es negra y el brillo de negro es blanco.

Un comentario en “BLANCO Y NEGRO

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