Estas tardes de sol con cataratas,
con farolas de parto prematuro,
nos enseñan el lado más oscuro
de un otoño arropado en papel plata.

Anochece con prisa a media tarde
y sin quererlo el ánimo lo nota.
Una mecha que prende y que no arde
un fuego que cocina la derrota.

El invierno a la vuelta de la esquina
viste traje de luces perla y gris.
Faena al natural que corta espinas
de una rosa que sueña con abril.

El agua en el asfalto hace de espejo
de un cielo que se mira de reojo.
Llueve sobre mojado en el añejo
océano sin par de los sonrojos.

En medio de esa niebla hay quien navega
en un barco con casco retornable
intentando encontrar un puerto a ciegas,
un abrigo, una cuerda o un amarre.

Menos mal que nos quedan las farolas,
las luces de los faros que regresan,
el susurro de un mar en caracolas,
la cama donde sueñan las sorpresas.

Tenemos mil salidas para darnos
un respiro fugaz a cada instante,
una forma sencilla de fugarnos
disfrazados de huida hacia adelante.

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