Cuando menos lo espero me sorprendo
mirando fijamente a ningún lado
y me quedo un instante ensimismado
al borde de un vacío al que no atiendo.

Este ser y no ser (desconectado
de primas y de primos compitiendo
por ver quien es más tonto confundiendo)
es un tiempo perdido bien ganado.

Hay que encontrar maneras de fugarse
por la puerta de atrás del pensamiento
a algún lugar en dónde resguardarse
de los cascotes del aburrimiento.

En la fina abstracción de los reflejos,
en el pacto de un beso clandestino,
en la parte de atrás de los espejos,
lejos de donde amargan los pepinos.

Esconderse en el vientre de una ola
o de un adiós que suene a un hasta luego,
en la sorpresa de la caracola,
en la caricia que precede al fuego.

Aislarse en la ilusión de una sonrisa,
en la magia de un truco desatado,
en un suspiro que no tenga prisa,
en una acera que no tenga vado.

Salirte de ti mismo y escaparte,
aunque sea un segundo solamente,
donde se abraza por temor a helarte
e importa más el puerto que la mente.

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