Hay demasiadas costas de la muerte,
demasiada miseria innecesaria.
Hemos perdido el sur en esta suerte
de mares de metal y negras playas.

No escuchamos los cantos de sirena
porque lleva su tiempo hacerse el loco.
La utopía da nombre a las fronteras
y a los niños que comen hambre y mocos.

Con un blindaje a base de vileza,
el corazón de Europa ni se ampara
ni manda información a su cabeza.

La realidad es un arma que dispara
dardos que no destruyen la pereza.
Es más fácil fingir que dar la cara.

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