Y AHORA ¿QUÉ?

Y AHORA ¿QUÉ?

Ahora que a la callada mayoría
le da igual que les peinen lo cardado,
sin ninguna acritud, les pediría
que confiesen qué fuman o han fumado.

Ahora que los mercados están tiesos,
mucho más que la hueva y la mojama,
invirtamos en pan, jamón y queso,
fruta, verdura, huevos, leche y cama.

Ahora que lo que sobran no son vendas
porque nos sangran todas las heridas,
la esperanza tendrá que pagar prenda
amén de deshacerse en despedidas.

Ahora que fabricamos terremotos
que sacuden cimientos prescindibles,
la realidad de ateos y devotos
sigue siendo una opción de lo posible.

Ahora que todo va de hacer amigos
tirando de grilletes y de fusta,
los que solo se miran el ombligo
que enseñen el botón del no me gusta.

Ahora que las ranas crían pelo
en lo que afecta a la mediocridad,
hay que ver como está de negro el cielo
que toca suelo en esta sociedad.

Ahora que las jornadas son más cortas
y anochece más pronto cada día,
que al menos al poner las luces cortas
tengamos unos metros de alegría.

PIMIENTOS UNO

PIMIENTOS UNO

Todo son rumores y saber «de oídas». Nadie sabe nada, ni los que algo saben. Eso es al menos lo que me parece, eso, y que lo que de verdad importa es que, cuando abras la boca, de la impresión de que te asiste la Razón Pura, la Práctica, la de Estado y la medio pensionista, aunque uno se muera, por boca de otro, como un pez Payaso. Lo que en realidad importa es que tu lenguaje corporal transpire el olor de que estás informado, que estás al tanto de todos los movimientos habidos y por hacer, que estás al cabo de la calle (como si la calle fuera de fiar o un lugar concreto) que hueles al aroma de los que mean colonia. 

Se trata de poder alardear de tu ignorancia sabiendo que, al final, todo se olvida, que nadie se acuerda de los impostores porque, en cuestión de tirarse a la piscina, todos lo hacemos, tarde o temprano. Lo que de verdad importa, importa un pimiento.

La mayoría de las veces estamos más deformados que informados y un buen día, si mostrar arrepentimiento, aparecemos ahogados en nuestra propias fuentes, fuentes, generalmente, interesadas, fuentes de las que solo emana vapor de nada, o agua de lluvia ácida. Las fuentes tampoco saben nada o, al menos, no lo saben todo. Saben también lo que les cuentan, lo que creen haber visto u oído, saben lo que quieren que sepan sus propias fuentes. 

La gente opina «lo que opina el que opina» que, a su vez, traslada lo que le han vendido a él o lo que pretende vendernos. 

Intercambiamos opiniones y «saberes» en camas separadas pero, de hacer intercambio de parejas o, ni hablamos. De perdidos al trío.

¿Quién tiene entonces la primera y la última palabra? Me da a mi que nadie se atreve a tanto, salvo los que no saben nada. En cualquier caso, el que las tenga a mano, o a máquina, que las vuelva a dejar dentro del diccionario.