Tenía la mala costumbre de perderlo todo.

En una ocasión bajó corriendo las escaleras de su casa, tropezó y perdió el equilibrio. Le costó muchos meses volver a recuperarlo, claro que peor hubiera sido haber perdido la vida. Afortunadamente todo quedó en un susto y una pierna escayolada.

Una mañana, después de muchos meses buscando empleo, acudió a una entrevista de trabajo, pero, perdió la dirección y también el puesto.

En una misma semana llegó a perder un avión, dos autobuses, la paciencia, una buena oportunidad de callarse, la vergüenza y, toda una tarde, el tiempo.

Pero de lo que todavía no ha podido recuperarse es de aquella vez que perdió la cabeza. Desde entonces malvive esperando a que alguien haga una Oficina de Sujetos Perdidos.

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