Camino despacio persiguiendo a mi sombra que me indica el camino que espero sea de luz.

Camino medio grogui como el preso que enfila el corredor de la muerte, con la esperanza de que sus verdugos no hayan pagado el recibo ese mes o se funda la silla o que les hayan cortado el gas por avería o que su ejecutor no encuentren ni una sola vena sana por la que inyectarle su veneno mortal.

Camino sin ganas de llegar a ninguna parte y menos a alguna que termine al borde de un precipicio sin salida, sin más salida que una nada envasada al vacío, al fondo a la derecha.

Camino y no siento la calle, no reconozco las aceras ni las caras que siempre se han cruzado con la mía. Nadie me reconoce ni me conoce. Es como si se hubiesen olvidado de que alguna vez fui bueno o merecí la pena o la alegría.

Camino y me pregunto qué mal pude hacer más allá de respetar la vida, de querer vivirla, de sentirme vivo, de cuidar de todos.

Y así voy caminando de puertas para dentro, dando palos de ciego, sumido en una suerte de desgracia ganada a pulso.

Me siento como el pájaro al que han quemado el nido, como el gato que ansía no ser como los otros, como el árbol cansado de no poder crecer.

Camino y al doblar la esquina compruebo que mi sombra me ha dado la espalda y ahora me pisa los talones.

Camino y no reviento por no sentirme más culpable y solo.

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