La calle huele a leña y a carbón.
Ya han encendido el aire del invierno.
Ya no revolotean las palomas (afortunadamente).
El cielo es una sábana extendida
que no te quita el frío.
Y esa luz, ese brillo sencillo y penetrante
es la naturaleza de los guiños.
Crepitar de castañas en la esquina,
burbujeo de guisos en el fuego,
tintineo incansable de juguetes
que juegan con el viento a que se abrazan.
Las manos buscan manos o bolsillos.
El día es un ensayo de la noche
y hace transbordo en Sol.
Maldita prisa.
Los árboles desnudos se disfrazan de invierno y…
En el cielo dibujan los aviones
el mapa de los sueños sin escalas,
el pijama de rayas que te pones
cuando quieres usarme como almohada.
En el puerto los barcos amarrados
se miran en su espejo y chapotean,
como cuando mis dedos son tus manos
y entramos en calor tocando a ciegas.
Invierno que confunde el mar y el cielo
y la nostalgia con la cama fría,
cuando no estás conmigo y me desvelo.
Nostalgia de mis noches sin tus días,
cuando la soledad fabrica hielo
que se derrite al sol del mediodía.
(Poema incluído en mi libro Tierra Mojada. Editorial Renacimiento)
