O ALGO PARECIDO

O ALGO PARECIDO

Todos tenemos un drama que no contamos, un sueño que no vivimos, un duelo que no esperamos. Un beso en lista de espera, una contraseña olvidada, un recuerdo al que hacerle el boca a boca, un cuello que perder.

Todos tenemos un cielo extraviado, una ilusión contenida, un deseo inacabado, una pasión mal encendida… y otra vida que dejarnos en herencia, hasta el culo de promesas incumplidas.

Todos tenemos una mala noche (y una mala leche…) y un día siguiente con resaca que nos deja la cabeza en la otra orilla. Todos tenemos una buena barca aunque el río no parezca navegable.

Todos tenemos cien asignaturas pendientes, pendientes de un filo, y un examen final que no estudiamos.

Una retorcida rama por la que fugarnos, un espesa niebla donde guarecernos y unas manos hechas para retocar.

Todos tenemos algo que pedir y que ofrecer. algo que desear y que temer. Un amor secreto y un secreto a voces. Una extraña racha y un viento del sur.

Todos tenemos un alma en venta y una piel a tiras. Un beso en la punta de la lengua y una palabra de consuelo. Un abrazo que cura y una caricia a tiempo.

Todos tenemos razones de sobra para intentarlo, para vivirlo, para aclararlo.

Todos tenemos algo que ganar.

(Salvo los que no tienen ni eso ni seso y los que responderán a esta entrada con un “yo no” o un “casi todos. Algo me me toca un pie).

HABERES

HABERES

Hay silencios que rompen

el eco del sonido.

Hay palabras que hieren

y miradas que atan.

Hay besos que desnudan

y versos que acarician.

Hay susurros que abrasan

y gemidos que duelen.

Hay distancias que matan.

Hay espejos que envidian.

Abrazos que enmudecen.

Hay personas que excitan

y carencias que inspiran.

Hay bordes sin abismo

y vacíos que llenan.

Hay ángeles caídos

y demonios helados.

Hay tormentos que asustan

y tormentas que calman.

Hay luces encendidas

que, a la vez, oscurecen.

Hay príncipes azules

que a la larga oscurecen

y princesas azules

con los pies de cristal.

Hay cuerpos que marchitan

la flor de la pasión.

Hay caricias de lava

más frias que un desprecio.

Hay curvas lujuriosas

y lágrimas que pecan.

Hay pecados mortales

que merecen la pena.

Hay penas que se curan

dejándose llevar.

Hay sonrisas que no arreglan nada

pero lo mejoran todo.

LO QUE DURA DURA

LO QUE DURA DURA

Una vez comprobado que en casa no tenía naranjas, ni café, ni leche, ni pan, ni mantequilla, ni mermelada de melocotón, ni ganas de ponerme a enredar; antes de untarme un colín con un poquito de foie gras acompañado de un lingotazo de ginebra a palo seco, he preferido bajar a desayunar a la calle, a una cafetería para ser más exactos. Me he despachado sin demasiado entusiasmo: un zumo de naranja natural y un café con leche XXL en el que he mojado una porra y un churro. Por intentar comer sano que no quede.

Al salir del bar y por nada en especial, aliviando una época gris marengo que estoy pasando y cuyos motivos no vienen al caso, en la tapia que bordea mis emociones se ha abierto una rendija que ha dejado entrar, por un rato que aún dura, un haz de luz, un rayo de esperanza de esos que no sabes muy bien de dónde viene o quién te lo manda. Ese revolcón que el corazón se da con tu cabeza en un momento dado y matan a polvos la tristeza de forma inesperada. Lo que dura dura.

Tres vueltas a la manzana más tarde disfrutando de esa sensación he visto que, a lo lejos, por mi acera, venía un viejo (des)conocido al que hacía mucho tiempo que no veía por el barrio. Un sin techo (con techo) con el que siempre he tenido buen rollo y al que, sin ánimo de echarme flores, le suelo ofrecer una generosa ayuda. Como he salido de casa con lo puesto (que suele ser lo normal cuando uno sale de casa): un pantalón corto, una camiseta, una tarjeta de crédito y las llaves, le he saludado cariñosamente y me he interesado por su salud. Le he tenido que decir que no llevaba nada para darle y he seguido mi camino. Al recordar que llevaba la tarjeta en el bolsillo, un impulso me ha guiado hasta a un cajero y he vuelto a compartir con él un poco de ese extraño consuelo que yo estaba sintiendo. No le he dicho nada, he pasado a su lado, le he puesto el billete en la mano y he apretado con la mía uno de sus dedos en un gesto cariñoso como quitándole importancia a lo que estaba haciendo.

Oigo a mucha gente que es muy dada a comentar en estos casos, cosas como que “se lo va a gastar en vino”. Por mí como si lo invierte en bocadillos de tofu. Bastante jodida es la vida para algunos como para encima quitarles los buenos ratos que puedan pasar como les salga de las muletas.

Mientras me alejaba buscando un estanco para comprar tabaco porque estoy dejando de fumar, se me ha puesto un nudo en la garganta y he roto a llorar. Ha faltado el canto de un euro para que alguno de los transeúntes que se ha cruzado conmigo se parara a consolarme. A mí, el canto de un gallo para abrazarme al tronco de un árbol y terminar el poema camuflado.

Pasado el tonto sofocón, camino del estanco he saludado a mi kisoskero con el que no hablaba desde hacía tiempo, demasiado.  Lo que tienen los buenos amigos o los buenos conocidos es que puedes estar años sin veros y en el momento del reencuentro es como si hubieseis estado de copas la noche anterior. Me ha dicho que para dejar de fumar solo hay un método fiable: querer hacerlo.

He seguido mi camino después de desearle un feliz domingo y al llegar a un paso de peatones, un par de metros por delante, un abuelo ha estado a punto de dejarse la dentadura postiza y los huesos propios de la nariz contra un bolardo y, no me digáis cómo, he conseguido cogerle al vuelo. Susto superado. Pero ¿qué día es hoy?

Ya en el estanco, una señora que acababa de comprar un cartón de tabaco y un paquete de chicles, después de pagar se ha ido olvidando su compra sobre el mostrador. Sin pensármelo dos veces he salido corriendo tras ella y se la he entregado. La estanquera me ha agradecido el gesto cuando he vuelto a por lo mío y aquí gloria y después paz.

Ahora, ya de vuelta en casa, estoy sentado en el sofá frente a un cuadro que empecé a pintar ayer esperando a ver si se me aparecen sobre el lienzo las caras de Bélmez y entablo con ellas una conversación sobre lo que les preocupa, por ver si puedo hacer algo por ellas. Dada la mañana que llevo seguro que alguna pincelada podré darles.

Es probable que esta noche me haya reencarnado sin saberlo ni pretenderlo en Santa Teresa de Jesús. Mientras que no tenga que ir a misa, bienvenido sea. Supongo que son cosas que pasan y que dependen mucho del estado anímico de cada cual. Unos lo llaman karma, otros causalidad, otros destino, otros gilipolleces. La etiqueta es lo de menos. No deja de ser una satisfacción que alguna vez las cosas vayan bien.

Creo que ahora si me voy a dar el lingotazo de ginebra, sin alcohol y a fumarme un piti. No sé lo que va a durar abierta la grieta de mi pared.

LA CALCULADORA

LA CALCULADORA

Cada dos por tres, la vida,

sin razón nos multiplica

y donde encuentra una herida

hurga, gangrena y salpica.

Y donde encuentra una pena

te echa un órdago a la grande

y cuando el tiempo te quema

se pasa luego, más tarde.

Cada dos por tres el saldo

de la vida se desfasa

y si esperabas un caldo

te suele servir tres tazas.

Y cuando esperas consuelo

sube el tipo de interés

y dónde nunca hubo miedo,

vas y te mueres de él.

Menos mal que, por lo menos,

igual que suma lo malo

hace un tanto con lo bueno

y uno y uno suman cuatro.

Aprieta pero no ahoga.

Te pinta la ocasión calva.

y aunque suene medio en broma

de vez en cuando nos salva.

Son las vueltas de la vida

que al derecho o al revés

nos lleva de espina a espina

y, cada dos por tres, seis.

NI MAR NI MENOS.

NI MAR NI MENOS.

No hay más norte que el sur cuando se trata

de volver a la sombra de la higuera.

No hay más invierno que la primavera

cuando el frío y la niebla se desatan.

No hay más aire que el viento cuando escapa

para avivar el fuego de la hoguera.

No hay más alma que el cuerpo cuando espera

que recorran sus líneas como un mapa.

No hay más prosa que el verso concebido

para ganarle espacio a la memoria

y después susurrarlo en el oído.

No hay más techo que el cielo malherido,

ni más rayo que el trueno que te nombra

dónde la tierra es mar arrepentido.

SENTIR

SENTIR

Nadie nos enseña a sentir. Soñar es más fácil. Cualquiera puede pedir un deseo o tres o ninguno, aunque no encuentre la lámpara o tenga un genio del demonio.

Sentir es otra cosa y nadie nos explica cómo funciona ese mecanismo. No se estudia en el colegio y, en casa, no hay quien concilie ni los sentimientos. Ignoramos qué nos hará bien o qué nos hará liebres. No es fácil acertar a la hora de sentir cómo te sienten. Saber cómo te sientes tú mismo en realidad. Nos cuesta distinguir entre amar y querer, entre llorar y estar triste, entre engañar y engañarte, entre ser o no ser.

Sabemos lo que se siente cuando nos dan una patada en la boca del estomago, cuando nos pisan el dedo gordo de la mano, cuando nos dan con la puerta en los matices, cuando nos dejan hechos polvo si parecemos de trapo.

El corazón es una caja de emociones y nunca sabes cuál te va a infartar, ni cuándo, o si sobreviviremos a ese empacho de chocolate con almendras.

A sentir se aprende sintiendo, sintiéndolo mucho. Se aprende a diario a base de tortas, de tortitas con nata o de dulce de leche con la leche cortada.

Sentir es un misterio por revolver y por devolver.

Podemos presentir, intuir que la cosa va de ventoleras, pero sin saber a ciencia cierta por dónde sopla el tiempo. El tiempo suficiente para que nunca sea demasiado tarde.

Lo cierto es que nadie nos enseña a aprender a sentir ni a olvidar lo sentido si recuerda lo malo.

Lo siento mucho.