Nunca estamos tan cerca del cielo como cuando la niebla se nos echa encima. Aunque, en este mundo virtual, uno ya no distingue entre las nubes bajas y la contaminación atmosférica, la niebla esconde un misterio, un misterio, y la farola o la señal contra lo que te estrellas como no andes listo.

En sus dominios, lo que siempre ha estado ahí, desaparece como si nunca hubiera existido, como la foto velada de un vago recuerdo.

Uno podría pasearse desnudo en mitad de la niebla y sentirse arropado. Pero ¡cuidado! siempre puede surgir de ella algún espabilado provisto de faros antiniebla que te deje más en pelotas de lo que ya ibas.

Entre la niebla se ocultan los deseos fallidos, las miradas extraviadas, los espías con licencia para palmar, los demonios devoradores de luces, Sigourney Weaver, la muerte inesperada, los amantes andantes, el humo camuflado, los espejos sin rostro… No hay nada como una buena niebla, siempre que no te pille conduciendo o distraído.

En ciertos aspectos la niebla es el negro vestido de blanco.

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